Esa Agresividad Creciente

He visto con pavor como día a día la agresividad va creciendo en la gente. Pensé atribuirlo a que ahora estamos más hacinados, al menos en Santiago, pero esta teoría se me derrumbó cuando veo que lo mismo sucede en lugares nada de hacinados, como en áreas rurales.

 

Entendamos agresividad no como algo que implique agredir físicamente a otra persona. Agresividad es no respetar el espacio de otra persona, contaminar acústicamente o simplemente ser indiferente con el vecino. Se ha vuelto pasmosamente frecuente que la gente reaccione con pataletas de infante cuando las cosas no son a su pinta, y van por la vida simplemente haciendo lo que quieren, cuando quieren y cómo quieren, sin pensar o medir consecuencias o problemas que puedan ocasionar en su entorno.

Así como podemos ver esto en personas, también es posible extrapolarlo a empresas. No creo que sea posible ver cuántas empresas (o empresarios) operan permanentemente con este criterio, llorando miserias que no existen, para así justificar sus avaricias o para poder atropellar al prójimo diciendo que simplemente no lo vieron. Claro, se podría argumentar que si alguien no existe para mí no tendría por qué verlo, pero sin embargo esa existencia es real y no producto de la imaginación de alguien.

Más evidente se ha manifestado esta agresividad en nuestra clase política; en lugares que son la cuna de nuestra sana convivencia se vive de recriminaciones, dimes y diretes, y descalificaciones varias.

Ya se ha hablado acerca de la prepotencia. Otra tremenda forma de violencia es el silencio, así tal cual. Pero en el fondo creo que todo esto apunta a un creciente egoísmo, un gigantesco egoísmo impulsado por todos lados. Esto se impulsa desde la más tierna infancia donde es bien visto no compartir con alguien que tenga menos, donde siempre se desea ser “más” que el otro, donde todos quieren vivir más arriba y donde todo el resto importa un carajo mientras yo pueda llegar donde creo que merezco estar.

Podrán comprender que esto genera una agresividad y violencia crecientes. Por un lado por la frustración de no poder tener todo lo que se quiere o desea tener. Por no vivir donde quiero vivir. Por no ser lo suficientemente rubio. Por no tener ese auto alemán que me daría cierto estatus y asombraría a la gente cuando pase. Porque el vecino sí se las arregló para tener ese auto, producto de su esfuerzo en casos, en muchos otros producto de una enorme deuda, y unos pocos por la vía de haber robado de alguna forma para poder obtenerlo (¡¡porque era imprescindible tenerlo!!).

Los agitadores de almas

Leyendo un prólogo de un libro de Papini me encontré con que su autor describía a Papini de esa forma, como un agitador de almas. Me quedó la frase en la cabeza y empezó a dar sentido con otras cosas. Es una frase potente, muy potente, que me remeció hasta el tuétano por muchas causas que describiré groseramente en este artículo.

¿Qué es un agitador de almas? Eso fue lo primero que me vino a la cabeza. Ciertamente no es un agitador social como los que hemos visto con pavorosa frecuencia en los últimos años, meses y días; tampoco es un agitador de conciencias. Esos sólo provocan confusión, desorden y lo usual (por no decir siempre) es que aportan poco o nada al progreso real. Este perfil de personajes que he mencionado actúa sobre la base del egoísmo, para satisfacer su propio ego y sentir el poder de controlar una masa. Como verán, eso es poco aporte puesto que su objetivo final es perverso. Son básicamente desechables y han demostrado sobradamente corresponder a esa categoría.

Podrán ver que se está definiendo lo que no es, método extraño puesto que se acostumbra definir las cosas por lo que son. Pues verán resulta muy difícil definir exactamente lo que sería un agitador de almas puesto que cada uno debe decidir quién podría corresponder a esa categoría puesto que no es fácil precisar que agita el alma de cada cual.

Diálogo de sordos

El último tiempo he empezado a dilucidar un grave problema que nos afecta a como sociedad. Mucho hemos hablado acerca de los graves problemas éticos que nos afectan a todos por igual, empleados y empleadores, personas naturales y jurídicas, ricos y pobres, etc. También hemos repetido majaderamente que el problema es básicamente ético, para todos, no sólo para empresas y empresarios.

Ahora, ¿cómo acercar posiciones? No parece fácil. Los empresarios le quieren sacar el jugo a sus empresas, los empleados creen que como les sacan el jugo entonces tienen que aprovecharse de alguna forma, los proveedores creen que abusan de ellos y entonces hacen lo posible por tratar de ganar por algún lado. Y así ad infinitum.

Claramente estamos ante una situación perder-perder, de esas que los libros de texto indican expresamente que debemos evitar. Sin embargo estamos en eso, todos y cada uno de nosotros. Pero ¿es tan así? Posiblemente no. Cada día vemos ejemplos de empresarios comprometidos, de empleados comprometidos y de un entorno que intenta lo mejor no sólo para sí mismo, sino para todos. Desgraciadamente esos casos son pocos y además poco conocidos.

Entonces, ¿por dónde partimos? Porque por algo se empieza.

La Violencia por la Violencia

El otro día, visitando un lugar de gran afluencia de público de todo tipo y edad, esperando por una mesa libre para almorzar, fui testigo de un acto de increíble violencia y totalmente gratuita. Aunque no sufrí ningún daño físico, sí pude ver como atacaban a un extranjero de visita y esperando por mesa en el mismo local (¡¡es que es muy bueno y barato!!), cuando fue atacado por una turba de gente que aparentemente participaba de un funeral; este extranjero, por alguna causa que no pudo ser aclarada posteriormente, de alguna forma los ofendió, y eso mereció un ataque a mansalva por un grupo de unas 4 o 5 personas. Afortunadamente el tipo era lo suficientemente atlético para resistir el ataque, sufrió sólo una herida leve y nadie más quedó herido en el camino. Digamos que fue de milagro porque vi volar mesas, sillas, patadas y botellas en un lugar donde suelen haber bastante niños y familias paseando. No exagero cuando digo que fue como ver un grupo de mandriles atacando a una presa por el sólo gusto de atacarla.

Después del shock inicial, y cuando finalmente el despelote permitió dar paso al almuerzo, he conversado largamente con la persona que me acompañaba, repasando lo sucedido a ver si lográbamos encontrar algún sentido a lo que vimos. No pudimos darle a ninguno, así que estimados lectores, tampoco se esfuercen en buscarlo. Simplemente no lo tiene.

Después de eso se me han venido a la memoria numerosas imágenes de los últimos tiempos en nuestro terruño y en el mundo completo. Imágenes de violencia por cierto, abundantes y en todas las formas imaginables.

Promesas Incumplidas

No, no es una columna acerca de política. Ahora que estamos cerca de elecciones todo el mundo es analista político, cuando hay fútbol todos son mejor técnico que el técnico. Y así nos vamos.

Como dije, no vengo a hablar de esas cosas sino que quiero hacer una reflexión acerca de algo con lo que me he tropezado esta última semana y me ha costado algunos tragos amargos, quedando varios aún por tener antes de poder solucionar el problema. Y no, no es una columna acerca de mis problemas tampoco. Cada uno de mis lectores tendrá suficiente de que preocuparse para además andarse enterando de los problemas ajenos.

¿Alguna vez reflexionamos acerca de la cantidad de promesas que hacemos? Hacer una promesa no necesariamente implica decir “te prometo” o “te juro”, implica también hacer una afirmación y que otro la tome por cierta, implica asegurar que algo sucederá de un modo y no de otro, que algo se cumplirá en un cierto momento y no en otro. Y así podemos seguir dando ejemplos de lo que yo al menos entiendo por promesa y compromiso.

Un negocio que no comprendo

Como ya he mencionado varias veces, soy un ser por esencia curioso y que gusta de entender las cosas que suceden a su alrededor. Esta curiosidad con algunos derroteros extraños, como querer hacer nitroglicerina en el colegio (con la consecuente cara de espanto y negativa rotunda de profesores), también me ha llevado a cuestionarme muchas cosas, a hacer y hacerme preguntas y sobre todo, a leer harto e intentar informarme de los más variados temas.

Hoy quiero hablar de un negocio que, si bien comprendo, no entiendo. Al menos no llego a entender por qué funciona al revés de los otros negocios y aún así a ninguna autoridad parece importarle, es más, avalan esas conductas y están protegidas con la legislación actual.

En esta diatriba me referiré especialmente a los bancos. Sí, esos que normalmente nadie quiere pero que casi inapelablemente participan de nuestra existencia. Nadie dudará que los bancos son necesarios, puesto que si no tengo dinero para comprar mi casa al contado, pues ellos gentilmente me la prestan a una determinada tasa, por un determinado número de años.

La Herencia que no quiero

Las herencias siempre han sido puntos de inflexión en la historia de la gente. A veces son un premio, otras veces un castigo. Quién no ha escuchado los temores de algunos en contrariar a sus padres puesto que los “sacarán” de la herencia (por favor lean algo de Leyes). O familias deshechas por pelearse unos cuantos pesos o muebles que quedaron de alguien. También hay herencias buenas, como el cariño que nos dejan algunos en el camino.

Hoy hablare de una herencia que si bien está a la mano y puedo tomarla, no la quiero. Eso no signifique que ignore su existencia, todo lo contrario, me esfuerzo por conocerla mejor. Pero simplemente no la quiero.

En esta columna hablo única y exclusivamente a título personal, sólo personal y nada más que personal. A qué viene esta explicación, pues simplemente puedo hablar por mí mismo y por nadie más, no he recibido ningún mandato ni autorización para hablar en nombre de nadie. Nada más simple, ¿cierto? Así mismo tampoco he pedido que alguien hable en mi nombre, nunca. Y no es que no vote.

Hacia Dónde Vamos

Hace poco y a raíz de algo completamente personal me hicieron la siguiente pregunta: ¿dónde quieres estar en 5, 10 o 20 años? Y se me vino el mundo encima. No porque me haya sentido viejo, es porque esa pregunta no me la había hecho y la encontré bien significativa. ¿Realmente cuantos nos preguntamos eso? Lo digo en todo sentido, como proyecto de vida profesional, familiar, etc.

Como soy medio curioso, empecé a ver si mi entorno se cuestionaba lo mismo. Me refiero a mi entorno familiar, de amistades y laboral. Me encontré con que en general todos hacen proyecciones pero más a corto plazo. Estamos inmersos en sobrevivir el día, el mes y quizás el año. Lo que pase después se verá en el camino, vivimos el día a día sin proyectarnos mayormente.

Si bien el que las personas no proyecten me asombró sobremanera, partiendo por mi propia ceguera, me asombró más aún verlo en las empresas. Si, hacen planes anuales, trienales y quinquenales. Pero si se revisan más en detalle veremos que son planes que apuntan a un crecimiento de X%, expansión hacia tal área, región o país (o sea crecimiento de X%), etc. Si miramos lo que debería ser la luz al final del túnel de las empresas, que son su misión y visión, veremos que en casi la totalidad (no voy a decir todas, pero aún no encuentro ninguna que no tenga las palabras que diré a continuación) se resumen en básicamente ser “el mejor”, el “más importante”, el “más valioso”, el “más grande”.

El Pusilánime Complaciente

Redactando un correo el día de hoy se me ocurrió ese término. ¿A raíz de que?, pues de lo que significa ser verdadero y honesto. Eso tiene costos altísimos, sin duda los he sufrido en forma descarnada, claro que al mismo tiempo se logra bastante paz interior.

¿Por qué vamos como polilla a la luz cuando alguien nos dice lo que queremos oír y al mismo tiempo arrancamos de aquellos que nos dicen lo que debemos oír? A lo mejor es el miedo, ese pánico que tenemos de vernos a nosotros mismos como un ser que dista mucho de la perfección, que se equivoca, que juzga mal, que es vulnerable y está necesitado. Claro, nos mentimos a nosotros mismos, nos creemos nuestras propias mentiras, es más fácil vivir de esa forma tan satisfactoria y liviana. Señores, con ustedes el Pusilánime Complaciente. No me digan que no se ven retratados a sí mismos en esa imagen, o no ven a muchos (si es que no todos) sus conocidos. O al menos de los que saben que se están mintiendo. ¿Es mejor tener amigos que nos dicen cosas bonitas? ¿O es mejor tener amigos que nos dicen cuando hemos errado miserablemente? Yo prefiero los segundos, son poquitos y me significan un tremendo soporte puesto que me hacen volver a la realidad, me sacan de esa “comodidad” de ser Pusilánime Complaciente y me entregan un espejo donde no me veo como el más bonito, sino como quién soy (con dermatitis, mal afeitado, ojeroso, algunas arrugas, otras nuevas canas, etc.).

Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

Desde hace un tiempo no veo noticias, ustedes ya están enterados que no es un deporte que guste jugar. Ahora, eso no quiere decir que no esté enterado de cosas. Si, es cierto, quizás me entero de menos cosas de las que se supone debería estar enterado, claro que eso no me quita el sueño en lo más mínimo. Tengo muchísimas otras preocupaciones a las cuales poder echar la culpa de algún problema para dormir, de alimentación o del colon; afortunadamente no sufro de ninguna de esas “panas” (salvo la insulina un poco alta y bajando).

Esto de enterarme de menos cosas, pensé, me generaría un cierto cuadro angustioso o ansioso, afortunadamente no fue así. Todo lo contrario, me siento mejor que nunca y en las pocas ocasiones que veo noticias me da una grave sensación de que esto lo he visto antes, y lo sigo viendo, y lo sigo viendo, y así hasta el infinito. Tal parece que nuestra estupidez nos condena a tropezar permanentemente ¡con la misma piedra! Además este es un camino con infinidad de piedras con las cuáles tropezarse, y a algunos les gusta andar trastabillando continuamente.

Ingenuidad

No me cabe otra palabra para describir lo que veo normalmente en diarios y noticiarios. Así de simple. Más evidente se hace cuando vemos a políticos de turno y contraturno dando declaraciones.

¡Paren las prensas! Alguien dará una declaración… El tipo intenta parecer serio y sesudo, no dudo de que se ha preparado y estudiado lo que va a decir, contrató asesores, consultó a colegas y correligionarios. Pero no hay caso, lo usual es que digan algo tan, pero tan evidente, que no había ninguna necesidad de decirlo. Es más, decirlo resulta casi una puñalada al pudor y al intelecto de los lectores o televidentes.

¿Por qué pasa esto? Es una verdadera tortura que, siendo bien honesto, me ha alejado de los noticieros (aparte de su ridícula extensión y reportajes cebolleros). De la prensa escrita no puedo hablar mucho mejor. De un diario bastante extenso y de varios cuerpos, en un buen día rescato 5 o 6 noticias. El resto del periódico es muy bueno para tapar el sol cuando viajo en auto o para envolver cosas que estoy guardando.

En el jardín de niños

Debo confesarlo, soy culpable. A veces, cuando sufro de debilidad, veo las noticias. Si, así como leen. Por desgracia para poder escribir debo estar medianamente actualizado en el acontecer nacional, aunque esa forma de enterarse resulte tan intelectualmente detestable y vomitiva. Es por así decirlo un laxante intelectual, pero quedemos en que a veces es bueno que pase.

Esta última semana nos han dado mucho material, a todos, sobre lo cual reflexionar.

Hemos visto un tremendo terremoto en nuestra clase dirigente. Uno pensaba que tenía un amigo, pero era amigo un poco por conveniencia más que porque en realidad así lo deseaba. Resulta que ese “no tan amigo” conversó con otro que no es amigo del primero, pero tampoco enemigo, y quedó la toletole. Ahora todos están del moño, ofendidos, dando explicaciones que no deben dar, pidiendo disculpas que no vienen al caso y todos mostrándose los dientes, cual leva de perros lujuriosos.

Mediciones

El otro día, probablemente pensando en la inmortalidad del cangrejo, me percaté de esto. Estamos, todos, permanentemente midiendo y midiéndonos. Es como si todo fuera una maldita competencia. Es cierto, el ser humano es competitivo pero estamos llegando a límites enfermizos que rayan la insalubridad mental. Claro, otra de las tantas insalubridades mentales que tenemos. Claro que si enfermamos de la mente me queda un consuelo, al menos desde el punto de vista físico, existe “algo” entre nuestras orejas. El nivel de utilización de ese “algo” es más largo de discutir, pero ese es otro tema.

Retomando mi reflexión, quise profundizarla a ver que resultaba. Y me asusté más. Desde que somos un feto se nos está midiendo, el tamaño, los latidos del corazón y varios parámetros médicos. Para que ahondar al nacer, nos mueven y manipulan como trozo de carne en vitrina, nos hacen numerosas mediciones y finalmente nos entregan a nuestra madre, que también nos mide. Claro que parámetros más subjetivos (puesto que todos somos bellos ante los ojos de nuestra madre, así haya parido una gárgola, con alas y todo). Posteriormente nos miden nuestros familiares y nos comparan con los recién nacidos de los que tengan recuerdo. Nosotros no podemos medir puesto que aún no contamos con ningún tipo de discernimiento. Pero apenas lo tenemos ya nos medimos. Quién tiene el papá más importante, quién la casa más linda, quién se saca mejores notas o quién corre más rápido. Tal parece que está en nuestra naturaleza medirnos y compararnos con el resto.