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Chile : Política Sin Partidos

Habitantes de Chile,

Este hermoso país está enfermo de cáncer. Nosotros lo hemos enfermado, y está en nuestras manos curarlo. Si entendemos cuál es la enfermedad, podremos mejorarlo; si no la entendemos, calmaremos el dolor de sus síntomas mientras su cáncer avanza. Es el momento de elegir si lo queremos sanar o matar.

https://youtu.be/TYqV2A69_Yk  (ver video) 

La esencia de toda nación es la hermandad entre todos quienes habitamos un territorio, y con nuestro hermoso hábitat. Nuestro país sólo puede proyectarse en el tiempo si hay respeto entre nosotros: niños, adultos, ancianos; sólo podemos subsistir si hay respeto y cariño por la naturaleza y por las obras de nuestras manos. Nuestra institucionalidad, sostenida económicamente por todos nosotros, es la única herramienta con que podemos organizar este proyecto en el largo plazo.

¿Cómo la sostenemos? Veamos. Una persona que gana $250.000 eroga al Estado un quinto de sus compras sólo en IVA. Sumen impuestos de combustibles y alcoholes, gastos financieros e intereses, abultadas cuentas de servicios, leyes sociales y seguro de salud… Un chileno coopera con al menos la mitad de su sueldo a sostener esta concentración de poder y riqueza. Esto es cáncer.

Digámoslo con mayor amplitud: las familias sostienen al país, y por extensión a la institucionalidad. Esta institucionalidad se encareció; es un mal servicio a precio prohibitivo, es un robo. Pero nada se resuelve suprimiendo la institucionalidad. Proponemos restaurarla: orientarla al servicio de las personas y las familias, de su vida, de su salud, de su libertad, de su felicidad. Así se cura este cáncer. ¿Cómo se restaura la institucionalidad?

Nuestro cáncer es muy específico: concentración de poder y riqueza. ¿Cómo y porqué se concentra el poder? Privilegios: unos pocos dicen que los demás no pueden gobernarse a sí mismos. De esos pocos, unos desprecian, honestamente y en conciencia, a los restantes habitantes; otros, en cambio, aprovechan la información y el potencial privilegiado del poder en su propio beneficio. En un caso quedamos en manos de megalomaniacos que ejercen paternalismo sobre incapaces, y en el otro caso de sinvergüenzas que se apropian de nuestros esfuerzos. En ambos casos esos pocos juegan a ser amos, y los restantes somos, en mayor o menor grado, siervos y esclavos.

Los amos constituyen grupos autocalificados de democráticos, pero no lo son. Sus pequeñas cúpulas son exclusivas y vitalicias; ellas eligen, de entre sus sicarios, los candidatos que los ciudadanos deben votar. Sus guerrillas internas por los cupos electorales, y luego las batallas electorales, son peligrosos artefactos de propaganda que dividen nuestro país en buenos y malos. Todo lo bueno viene de la unidad, pero ellos nos traen división; grandes bienes se basan en la verdad, pero ellos nos traen propaganda tendenciosa, mentira, calumnia, chantaje y manipulación de conciencias. A quienes tenemos un destino común nos traen enemistad, odiosidad. Ellos convierten hermanos en irreconciliables. De esta manera ellos son fuentes de grandes males.

Ellos se justifican tras ideologías. ¿Qué son las ideologías? Básicamente son reducciones fanáticas de ideas, paquetes viciados que sólo admiten adhesión o rechazo. Así nos hemos dividido artificialmente en izquierdas y derechas. Estas ideologías son fábricas de antagonismo: estado o libertad, pobres o ricos, empresarios o trabajadores, mujer u hombre, madre o hijo en el vientre, hétero u homosexuales, humanidad o medio ambiente. Estas ideologías oxidan nuestros vínculos, destruyen nuestro destino común poniendo a unos contra otros. Las ideologías son herramientas que ellos utilizan para imposibilitar nuestra unidad. Dividen para reinar, destruyéndonos. La ideología conduce al genocidio o suicidio colectivo.

Con esas ideologías oponen nuestra historia y nuestras creencias. Invaden nuestras conciencias. Toman decisiones por nosotros. Con esas ideologías las cúpulas nos han arrebatado nuestra institucionalidad, esa que todos mantenemos con tanto esfuerzo.

El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente. Esto es sabido desde que existe la escritura; por eso es de toda lógica, es aconsejable, es necesario y prudente, ¡que nadie permanezca en el poder por mucho tiempo! El poder lo tentará, lo mareará, doblará su conciencia ante tantos y tan grandes encantos. Pues permitimos a unos pocos apernarse en el poder. Ellos legislan, ellos tienen influencia para favorecer a unos en desmedro de otros, tanto en lo político como en lo económico; sitúan a sus peones en puestos públicos claves, como jueces y miembros del tribunal constitucional, fiscales, alcaldes, notarios y conservadores, educadores y directores de salud; levantan o aplastan líderes estudiantiles, profesionales y sindicales. Ellos poseen el poder de la prensa, la televisión, y los medios de propaganda. Nada que otorgue poder escapa a su perversa influencia. Ellos son vulnerables a quien corrompe, y luego son corruptores; por eso sus mandantes no son sus electores. Donde ellos están, se concentra riqueza y poder.

La corrupción partidaria pudre la institucionalidad entera. Los que no estamos en sus círculos no podemos comprar, vender, o trabajar libremente. Dependemos cada vez más de esos monopolios para la educación, la salud, el comercio, la industria, la producción agrícola, la información, el financiamiento, la energía y la misma agua. Y lo peor, dependemos de otros países más poderosos, a quienes esos grupos les deben importantes favores.

Si nos enojamos y ofendemos, no es contra ellos sino contra fantasmas que ellos nos proyectan. Ellos simulan enojo por las mismas razones, y nos inventan fantasmas que cargan las culpas; saben calmarnos con pan, circo y propaganda, con cinismo e hipocresía. Para nosotros debió ser siempre ¡evidente! cuál es la causa de tanta concentración de poder y riqueza.

Ellos se dicen políticos; tan mal lo hacen que nosotros nos marginamos de la política, decimos odiarla, decimos no entender, la calificamos de cochina. Pues resulta que todos somos políticos y todo es política. Cuando nos alejamos de la política, lo que hacemos es abandonar lo que nos pertenece en sus manos. Eso les conviene a ellos, y nos destruye a nosotros. Entonces, a ellos les acomoda que tomemos esta absurda actitud negligente.

Aunque ellos nos han embrutecido, tengo mucha esperanza en que ustedes sólo estén adormecidos o amordazados. Despierten, hablen, la política es nuestra, no de ellos; es nuestro mayor bien social, pagamos con el sudor de toda una vida por ella.

Hay algo mucho más grave que nos debe rebelar hasta lo profundo. Esta concentración de poder y riqueza tiene enemigos naturales: las familias, las creencias, la historia y las tradiciones. Mientras esas riquezas estén en nuestras mentes, corazones y almas, somos libres. Pero ellos nos necesitan esclavos: borregos, indiferentes, dóciles a su propaganda; idealmente, creen ellos, deberíamos estar totalmente sometidos a su poder. Ellos necesitan individuos sin vínculos de cariño, adhesión y respeto a nada que no sea ese Estado que controlan. Individuo-Estado, un plantel ganadero deshumanizado, indigno, encerrado en sus corrales. Se comprende, así, con toda claridad, que ese voto que les damos en elecciones no construye democracia ni nada parecido; es sólo una mascarada que legitima lo inválido. Ellos controlan la ley, pero no poseen la razón. En sus manos se pudre la esencia de nuestra nación.

¿Por qué habríamos de aceptar el dogma arbitrario, falaz, mentiroso y hamponesco, de que los partidos políticos son el sistema menos malo para conseguir este fin? No los necesitamos, no están bien concebidos, no están orientados a nuestras prioridades familiares y medioambientales. No construyen respeto ni unidad. No favorecen nuestra libertad, nuestra dignidad, nuestra economía, nuestra cultura ni nuestras creencias. Además pudren nuestras instituciones y nuestras leyes. ¿De qué nos sirven, entonces, si su sola existencia es fuente de tan graves males? Ningún argumento, por doctoral que suene, puede convencernos de que es bueno dividir y es malo unir, ni menos puede convencernos de que es mejor ser esclavos que libres.

¿Nos es posible deshacernos de ellos? Fácilmente, de hecho. Nos basta levantar candidatos independientes para todos los cargos de elección pública. Por independientes entendemos que no están en partidos políticos ni son serviles a ellos. ¿Esto puede mejorar nuestra administración pública? No necesariamente, sólo puede liberarnos de esos partidos. Sin candidatos electos, ellos dejan de existir. Pero la idea es evitar que sean reemplazados por nuevos partidos. ¡No más partidos, no más grupos que suplantan la voluntad ciudadana!

Para que Chile sane requerimos a lo mejor de nuestra gente en cargos públicos, sin posibilidad de reelección para no exponerlos a corromperse. “Lo mejor de nuestra gente” se mide en virtudes éticas, académicas y de emprendimiento. Personas probadas en esas tres fortalezas se encuentran entre gente mayor, ya consolidada, que ha demostrado esas capacidades de gestión y ese respeto por todos y por todo. Gente prudente y trabajadora, buena, con buen criterio, gente sana, gente que sabe amar, que protege a sus niños y ancianos; gente que comprende lo difícil que es poner de acuerdo a muchos y sabe cómo hacerlo; gente que nos entusiasme a valorar lo que tenemos, a reparar lo dañado y a construir lo nuevo. ¡Ese es un buen político, ese es un patriota! Eso debemos buscar como nuestro ideal.

Una manera muy precisa y segura de saber cuál sirve y cuál no es chequear, desde dentro de las familias, a los violentos, prepotentes, arrogantes, soberbios, petulantes, egoístas; esos son ambiciosos, esos utilizarán a otros en su beneficio. En cambio, las personas verdaderamente capaces son sencillas, amables, generosas, capaces de dialogar, y se desviven por los demás.

Dirán que no va a funcionar. Dirán muchas cosas. Habrá muchos expertos diciendo que es imposible. Por favor, no se confundan: la batalla contra el cáncer es larga, el tumor se alimenta de matarnos. Los argumentos de esa gente, por técnicos, inalcanzables y profundos que parezcan, no pueden esconder el fondo de la cuestión: el país entero es nuestro, no de ellos; es un mejor país cuando estamos unidos, y se pudre cuando permitimos que nos dividan.

Los llamo, suplicante, a reflexionar sobre la importancia de este afán liberador. Los partidos políticos tienen un puñado insignificante de inscritos, y sus candidatos son votados por un porcentaje ridículo del electorado. Si todos nos hacemos responsables de nuestra institucionalidad, y tomamos en serio esta necesidad imperiosa de cambiar el rumbo a nuestra administración pública, lograremos, en un proceso totalmente pacífico, erradicar los factores de división y corrupción organizada, y tendremos una oportunidad de sanar nuestro país a partir de lo mejor de nuestras familias.

Les dirán que es imposible este cambio. Muchos dirán ¡será peor que esto! No les crean. Todo lo que ocurrirá es que elegirán personas mejores y más confiables que las actuales. No pasará nada más y nada menos. Con mejores personas tendremos una mejor institucionalidad. No es imposible algo así, y no tiene nada de extraordinario pretenderlo.

Envíe este video a todos los que pueda. Si vio este video, organícese, atrévase. No podrán evitar que usted se organice; no podrán evitar la unidad de todos nosotros. ¿Qué es organizarse? Buscar a esos candidatos que representarán a quienes votan por ellos, ¡a nadie más!, y buscar a todos quienes dicen odiar la política. Terminemos con las lealtades cruzadas: nuestros candidatos deben representar nuestra voluntad de construir futuro en unidad y paz; no pueden representar teorías, intereses grupales, o mafias. Si vuestros candidatos vencen, el trabajo está hecho, el tumor está extraído.

Reúnanse por redes sociales, levanten la bandera de los candidatos independientes, y apuesten a ganar. Un candidato sabio y capaz, con abrumador apoyo ciudadano, no podrá ser vencido por la propaganda partidaria ni por el periodismo cautivo. No necesitan sumarse al juego de la propaganda, ni rayar paredes, ni ensuciar este país con impresos; no necesitan destruir honras ajenas ni prometer lo que no se puede cumplir. No necesitan millones en campañas. Sólo necesitan que muchos se comuniquen y dialoguen entre sí; hablen con el corazón y la mente, con honestidad, y escuchen con respeto y cariño. Es más efectivo, es más verdadero. La propaganda ya no es creíble, y por eso muchos los escucharán con gran alegría; confíen en la fuerza de la verdad, en el amor que la gente tiene por su país, y en el hastío por la actual situación.

Casi todos quienes habitamos el territorio venimos de una familia, y los restantes cargan con el dolor de no haberla tenido durante su crianza. No importa qué tan egoístas, individualistas, antisistémicos o sociópatas sean algunos, su origen también es la familia. Nuestros niños y nuestros viejos, nuestros adultos, nuestros capaces e incapaces, no deben responder a grupo de poder alguno ajeno a su familia, porque el poder le pertenece enteramente a las familias que sostienen este país y esta institucionalidad. Es hora de que las familias de Chile decidan qué conviene más. Hay que erradicar este cáncer, sin violencias destempladas ni revanchas. Sólo hay que tomar las riendas de nuestro destino, y prometernos jamás permitir nuevamente que pequeños grupos nos arrebaten nuestra libertad.

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