anteriores al 2016

Problemas y Soluciones Profundas

Si algo tiene hoy en común todo líder, por pequeño que sea su feudo o reino conquistado, es un alto grado de insatisfacción de los liderados… Cansa pedalear en la arena, hablar sin ganas a quienes no quieren escuchar. Todo cadáver tiene un asesino, dijo el sabio… pero ¿es posible reducir una insatisfacción tan profunda a múltiples “culpas” individuales? Aunque las haya, ante este gran tropiezo es más esperable inferir una causa superior, una sola grande y profunda. ¿Dónde encontrarla? Estamos todos mirando filtraciones en una represa podrida desde sus cimientos, y queremos culpables para cada fisura porque simplemente no logramos ver la cuestión general. ¿Hacia dónde debemos dirigir la mirada? ¿Cuáles son las dificultades?

Intentar un Diagnóstico Honesto.

La Cuestión Institucional: mucho se ha dicho y hecho en los últimos siglos acerca de sistemas, estructuras, modelos, metodologías y recetas milagrosas. Los cuantificadores sociales piensan, equivocadamente, que sus turbias cifras son suficiente luz en tan obscuro y sangriento caminar estructuralista; no perciben que lo cuantitativo es subalterno a lo cualitativo. Nos hemos dividido entre partidarios de modelos antagonistas, canonizando o demonizando, vociferando sin comprender en profundidad las raíces hermanas de tan intensos y persistentes objetos de debate. La vacuidad ha comenzado a invadir nuestras mentes, ya no nos quedan certezas teóricas, una nube de desprecio cubre nuestra reflexión mecanicista institucional. Entonces, vitalismo, pragmatismo, caudillismo, profetas que dicen saber prometen a incautos que necesitan creer. ¿Qué anda mal en los modelos teóricos? Que se asume falsamente la división y el conflicto como inevitables y, por tanto, estructurales.

La Cuestión Racional: Nadie pareció percatarse; no era lógico que alguien afirme ¡derecha!, otro afirme ¡izquierda!, y ambos tengan razón en su enconado antagonismo, porque es imposible que de algo puedan afirmarse conceptos contradictorios entre sí, todos verdaderos; siempre fue posible el camino racional que, con todo cuidado, separa y distingue hasta aclarar la contradicción y superarla; pero este camino, que por definición es diálogo, se proscribió y reemplazó absurdamente por el debate polarizador, simplificador y banal, radicalizando posturas. Reconocemos grandes egos que quisieron tener razón, imponiendo a otros sus palabrerías siúticas, pretenciosas, vestidas con charreteras brillantes de títulos y doctorados para parecer inalcanzables al vulgo. ¡Qué gran daño han hecho estos egos!, tal vez el más grande es haber logrado esterilizar la noble fecundidad de la razón humana, proyectando a las personas vacuidad y desprecio por la academia, la teoría y, en definitiva, la idea. Pero ¿podemos hacer algo bien sin pensarlo correctamente? Ahí están nuestros líderes, cazados en palabrería inútil que deben repetir según estricto ritual litúrgico. Se pavimenta el camino del bruto y se desprecia finalmente al sabio, al erudito, y al saber mismo.

La Cuestión de la Fe: Toscamente, como es usual, en la feria de las creencias se ha berreado mercadería intentando captar la preferencia de potenciales prosélitos. Cada feriante ha intentado vender según un objetivo: fidelizar al cliente. ¡Vergüenza y más vergüenza para quienes tenemos fe!, haber mercantilizado la visión de algún dios al punto de pretender poseerlo e imponerlo, como si por creer ya fuéramos dioses, demiurgos, prometeos con derecho a dar forma al mundo según nuestros fanatismos. ¿No es acaso la fe, necesariamente, una experiencia de pequeñez ante lo más grande? ¿No se debería identificar fe con humildad? Ahora debemos pagar el enorme pecado de haber reducido esa “buena noticia” a palanca de conflicto entre hermanos, trocando lo más noble y grande en vil y despreciable, molesto y hasta tóxico para la convivencia humana. Logramos que no creer o no hablar de ello, ahora, sea políticamente más correcto; siguiendo caminos errados arrebatamos al ser humano la esperanza y confianza. Pero no estuvimos solos en este error: la propaganda ideológico-político-económica, que nos condenó por aliarnos con el poder y la riqueza, imitó ese pérfido camino y, ahora, pretende una adhesión religiosa a sus inicuas cúpulas, para enriquecerse y perpetuarse en el poder según era esperable. Nuestra fe, entonces, amenaza a otra porque compite, y en consecuencia es peligrosa e indeseable.

La Satisfacción Colectiva: Asustados de tanta miseria humana y tanta orfandad, muchos siguieron apasionados las promesas de uno mesiánico; dijo tener “solución final” para la inequidad-iniquidad. Esos mataron por él, murieron por él; les convenció de matar a quienes simbolizaban y encarnaban el mal político y económico; les convenció de proceder a devastar todo desde los cimientos para reconstruir sobre él y sus ideas como piedra fundamental. ¡Y le creyeron!, sacrificando sus vidas, su libertad y dignidad. Mienten ahora, es verdad, pero ¿cómo vivir con tan aciago peso sobre los hombros? La mentira es bálsamo que puede mitigar el dolor de sus heridas. El arte está en no creerles la mentira, y proscribirles el derecho a someter masas. La mentira es veneno, no alimento; mata, no fortalece. La mentira es mal ético y moral.

La Satisfacción Individual: Los postmodernos, víctimas de tanta estupidez, quedaron huérfanos, carentes de toda verdad creíble, solos. Sociópatas varios, aprovechando la inercia “deconstructora”, presentaron más candidatos a la guillotina: autoridad, estado de derecho, padres de familia, profesores… la lista es tan inagotable como la capacidad humana de odiar: ¡todos contra todos! Pero esa lista incrementó la orfandad a uno, el gran “yo”, el perfecto solitario, el demiurgo de sí mismo. Además es más fácil… Política, religión, academia, títulos, bienes económicos, reconocimiento social, ¡todo para sí!, codicioso y avaricioso. Apoyado por otros “yo”, reclama a “alguien” satisfacer sus áreas insatisfechas, pues no ve contradicción entre ese radical “yo” y exigir a otros. Cubierto de una detestable pátina narcisista legisla, gobierna, rige universidades, pontifica desde sus verborreas egotistas, y obtiene el sueño máximo individualista: un palacio cercado por grandes extensiones de tierra, atiborrado de oro, seguro y tibio, recargado hasta el mal gusto de símbolos megalomaniacos. Pero la soledad dobla sus hombros, y nada, ni sus tribus, lo satisfacen. Su vida no obtiene sentido por sí, y en su vertiginosa carrera a la auto satisfacción –lo sabe-, está hundiendo a otros y al hábitat común. Entonces, calma su conciencia vistiendo verde, rojo o, si procede, arco iris; cobardemente, se escuda tras nombres pomposos y notables autores de sus técnicas: libre mercado, capitalismo. En una burrada encuentra su opio moral. ¿Acaso olvidamos que esta vía fracasó? Habría bastado recordar al rey Midas: el problema es ético, es moral.

La Cuestión de los Vínculos: El “yo” impone prioridades impostergables, contradictoriamente opuestas al “tú” y al “nosotros”. De más a menos este “yo” corta vínculos. Primero va contra otras latitudes, y se usa de esos otros para beneficio propio. Pero la satisfacción sin control ni límites requiere más: tribalizado, se enemista con otras tribus o con individuos que se oponen al salvajismo. Luego se subleva contra quienes le dieron la vida y quienes provienen de él. Una vez desvinculado de todo, elige sin mayor imaginación al placer en sustitución del amor que define vínculo. Así, el yo pierde respeto a todo y a todos: abandona ecosistema y humanidad, patria, familia, ancianos, niños. Una vez vaciados los cosifica: los utiliza y explota para satisfacerse, consolando y atontando su conciencia de la deuda adquirida con lo más elemental humano: “los demás no valen nada”. ¿Porqué sorprendernos, ahora, de los abusos?

El Suicidio Colectivo: El ser humano, enajenado de fe y razón, pero sobre todo del corazón que lo vincula con otros y con sus raíces, destrozado por divisiones odiosas entre él y quienes le rodean, no tiene más referente que una institucionalidad errática, en manos de otros como él que prefieren servirse de ella a servir desde ella. Así la orfandad es total. En sustitución toma consuelo del placer, del dinero, del poder. Es la lógica del consumo irresponsable que genera basura letal; es un goce ardoroso que se calma, estúpida y fugazmente, con delirios moralistas ecológicos donde se retrata aureolado pagando con su vida, junto a toda la humanidad, la restauración del equilibrio. Esta autoinmolación mesiánica demanda enajenación que repugna todo cuanto devuelva lucidez a la razón humana; este acto suicida requiere embrutecimiento total. Cualquier contacto con un pasado racional y afectivo amenaza el objetivo moral final: el goce irresponsable, la jarana suprema, vía excelsa al fin de algo tan despreciable como el género humano. Aniquilar es el único acto moralmente aceptable.

La Tragedia del Líder: El rey bajó de su trono y se sumó a la masa que vocifera contra él; grita consignas contra sí mismo. No sabe si le alegra la inminencia de la guillotina o pretende congraciarse con la masa. En la práctica es campana sin badajo, muda, que resuena débilmente con la potencia de la cacofonía colectiva. El pastor es ahora oveja; perdió su capacidad de conducir, y sólo le quedó un lugar en la primera fila de manifestantes que avanzan contra él y su anti obra. Defiende a quienes destruyen, aplasta a quienes construyen; defiende violentos, aplasta a pacíficos. El rey se ha vuelto loco. Pero, en su frenesí, aún puede abrir la caja pública para acallar con grano y circo a unos, y pagar compromisos a esos otros que lo mantienen en el poder. Entonces el líder se revela a nuestros ojos como una marioneta tironeada ferozmente por cada vez más titiriteros. El rey, ya sin fuerzas, no sirve para liderar. El rey está con los peores y abandonó a los mejores. Es hora de un nuevo rey, pero ¿quién?, ¿”yo”?

Las Líneas y Sombras del Hombre.

El descalificador de siempre dirá: esto es sólo caricatura. ¿”Sólo”? Por cierto que es una caricatura, pero como tal no es poca cosa: exponer los rasgos más marcados. Hay mucha variedad en el género humano; si sólo hubiera lo acentuado ya habríamos estallado en pedazos. Hay mucha más gente valiosa construyendo que demoliendo, prueba de ello es la obscena cantidad de recursos dilapidados y expoliados: “salen” de “alguna” parte, no de generación espontánea. Curiosamente, no existe cuantificación valiosa de esa variedad, pues el foco se fija en lo perverso y en lo que conviene a los poderes políticos y económicos; esa variedad está, pero no contrata encuestólogos que la “visibilicen” ni periodistas que la mantengan en portadas. Esa variedad es la reserva moral. A esa variedad se le hurtó su poder.

¿Quién es el Ser Humano?

¿Es un Peón de la Institucionalidad?: El ser humano es libre, anterior y superior a la institucionalidad. Él creó estructuras institucionales para estabilizar en paz su continuidad vital. El ser humano es muy antiguo; su institucionalidad es una novedad histórica, y es nada en la perspectiva geológica. La institucionalidad, entonces, es absolutamente subalterna a las prioridades vitales de quienes la crean. Jamás la institucionalidad puede pretender suplantar a la persona y a la comunidad. La comunidad no puede someterse a tensiones de ningún tipo que dividan a las personas entre sí; es connatural a la persona la unidad, porque desde ella encuentra sinergía vital. La división es autodestructiva. La estructura institucional, entonces, debe mantenerse totalmente al margen de grupos de interés y de tendencias o modas sobre la administración pública. La institucionalidad debe estar a salvo de grupos ideológicos antagónicos, poderes económicos o pretensiones imperialistas exóticas. La institucionalidad sólo puede estar en manos de todos los seres humanos soberanos.

¿Está condenado a dividirse o confundirse en el pensar?: El hombre posee razón, con la cual ha avanzado lógicamente en la búsqueda de la verdad. Toda división se funda en el error, en la mentira o en la ignorancia agresiva; la verdad, por definición, alcanza universalidad que contiene e incluye a todos. No existen “mi verdad” ni “tu verdad”, porque no poseemos verdad; al contrario, la verdad nos posee de manera comunitaria en el camino del diálogo. El debate es funesto porque limita el ejercicio racional a imponerse sobre otros y radicalizar, generando violencia, resentimiento y odiosidad. En el camino a la verdad no hay mejores ni peores, no hay títulos académicos, no existen elegidos sobre parias. Entonces, la incapacidad de conocer la verdad no proviene de la carencia de razón o educación, ni de prismas invenciblemente empavonados; proviene de una actitud moral ante ella: poseerla o dejarse poseer. Quien busca la verdad jamás divide; quien, en cambio, manipula o miente, jamás une. No debemos buscar en la lingüística o la epistemología las causas del desprecio al pensar, pues están enteramente en el área ética y moral. De hecho, la ignorancia y el embrutecimiento, con sus rostros agresivos y militantes, son males éticos graves. No importa cuánto oro se inyecte en educación, será agua en un canasto: he aquí el problema a resolver.

¿Debe renegar de la fe para vivir en paz?: Creer es un acto humano noble; creer en algún dios no es fruto de la ignorancia, como se afirma, sino del saber humilde que comprende de límites y supone que ellos no se sostienen de sí mismos; hay que decirlo, el sabio no ostenta lo ya aprendido porque está enteramente orientado a amar lo que aún no conoce; sólo el tonto se envanece con sus pequeñas parcelas de conocimiento. No importa cuánto comprenda el hombre, sus límites espaciotemporales acotan su capacidad de comprender la totalidad. La disposición a creer, en general, y a creer en algún dios, en particular, es un acto de amor a lo que no se alcanza pero se sabe ahí. La fe sostiene las relaciones entre personas, por una parte, y la relación de amor entre una creatura y un supuesto creador, por la otra. Sólo podría encontrarse perversidad en usar la fe para fines propios egoístas, como el control y manipulación de otros, o el endiosamiento de sí mismo. El problema no es tener fe; el problema es ético y moral. Entonces, la fe no se opone a la convivencia pacífica, a diferencia del acto perverso.

¿Debe abjurar de la libertad y la verdad para alcanzar la paz?: Si fuera verdad que sólo puede haber paz sacrificando libertad de pensamiento y acto para someterla al interés colectivo, entonces ningún ser humano puede administrar la colectividad; ésta debe abandonarse a la anarquía o a un ser superior en la actualidad inaccesible o inexistente. De otra manera, deberemos segmentar a personas entre incapaces y capaces; pero esa segmentación no funda precisamente paz, ni constituye igualdad o equidad. Además, la oferta de resolver injusticias económicas con cargo a bienes tan fundamentales sitúa esta pretensión totalitaria entre los más radicales desprecios teóricos que se conozca al ser humano integral, pues lo abaja a plantel ganadero, a animal productivo, a “homo oeconomicus”. La vida misma, amenazada por el control total, nos alerta de cuán perverso y qué tan injusto puede ser alguien dispuesto a matar para sostenerse en el poder. Más aún debemos un mínimo de lógica a evaluar qué tan posible es vivir en paz bajo una falsedad controlada y difundida institucionalmente. Sólo puede liderar vías revolucionarias y totalitarias alguien síquica o moralmente enfermo. El riesgo permanente de sujetos enfermos accediendo al poder es suficiente razón para negar a la institucionalidad el control de bienes como la vida, la libertad, la dignidad, la subsistencia y la educación. El bien fundamental se mantiene en manos personales y comunitarias, dejando al Estado sólo su promoción y defensa.

¿Es la Libertad Individual un Ideal?: La libertad es un ideal, pero ella no se alcanza sin ser-en-otros. La irrupción de una persona en el tiempo-espacio es un acto comunitario con raíces ininterrumpidas que alcanzan millones de años; su subsistencia, desarrollo y arraigo, depende segundo a segundo de otros y del medio ambiente. La negación de la alteridad es sólo una ilusión prepotente y arrogante que niega el vínculo entre todo lo existente para beneficio de una sola y breve vida; si negar ese vínculo es abusar, estamos ante un problema moral: un individuo cuya libertad exige restringir libertad a otros presentes o futuros. ¿Cómo pretende el egoísta resolver esta contradicción? ¿Sólo ofreciendo libertad de acceder a bienes de consumo? ¿Debe el ser humano renunciar a sí mismo para reducirse a productor-comprador? ¿Es ésta la libertad que promueve el individualista? En manos egoístas, la institucionalidad reduce el quehacer humano a bienes transables, comprometiendo en este mercado infinito hasta el aire que se respira. Nada puede haber, de hecho, más totalitario que una “economía de libre mercado” donde todos pueden consumir pero sólo un par puede controlar mercados y profitar. La concentración de poder y riqueza es la antítesis de la libertad personal y comunitaria, y sólo puede recibir un nombre: totalitarismo. Así, estas promesas de libertad individual, finalmente, se hermanan con las promesas de control estatal, en dos sentidos centrales: reducción del ser humano a “homo oeconomicus” y pérdida de libertad. En ambos casos estamos ante iniquidad ética, no ante inequidades económicas. Esa iniquidad es fuente de toda indignidad e inequidad. Quienes han concentrado poder político y económico deben cesar lo antes posible en sus roles y funciones, pues es urgente devolver a la comunidad y a la persona su libertad integral, mientras haya oportunidad de transitar en paz.

¿Es posible vivir sin vínculos?: La negación de vínculos es, por sí misma, la negación de una realidad no cambiable, y por ello es enajenación. Alguno podrá negar el vínculo entre creatura y creador, pues no tiene fe o no le parece aceptable razonar sobre asuntos inasibles… pero ¿cómo se pretende negar el vínculo entre uno y sus antepasados o su descendencia? ¿Cómo se puede negar el vínculo entre ser humano y ese entorno vital que ha sostenido a antepasados, a sí mismo, y sostendrá a los que vendrán? Si algo define la ética aplicada a la ecología son los vínculos. Esos son, propiamente, de naturaleza, y se manifiestan en amor que desea conocer, en curiosidad, en raigambre y compromiso, pero por sobre todo ¡en respeto! La subsistencia supone sustentabilidad, y ésta supone austeridad. ¿Cómo se pretende ambición sin respeto a una naturaleza que veda de manera invencible? La institucionalidad no puede promover conductas que conspiren contra la sustentabilidad de sus mandantes, contra el respeto mutuo, ni tiene manera de intentar sustituir los vínculos entre personas y entre comunidades. La institucionalidad sólo puede proteger tamaños bienes. ¿Es aceptable que desde la institucionalidad se promueva la sustitución de vínculos naturales familiares, comunitarios y medioambientales, por vínculos de dependencia económica individuo-estado? No es aceptable, y es gravísimo, porque corrompe todo cuanto sostiene al ser humano. No existe liderazgo sin conducción en el sentido de los vínculos. Cortar vínculos, o promover su extinción, es perpetrar el mayor mal ético y moral.

¿Qué se espera de un líder?: La palabra cumbre que lo define es respeto. En lo temporal es conducir y enseñar el amor al pasado, presente y futuro; en lo espacial es enamorar a otros del hábitat, de las obras humanas, y excitar la curiosidad por el conocimiento y la creación original. En lo humano es conducir el diálogo con sabiduría para evitar debates estériles, y conducir hacia las obras concretas buenas más allá de las palabras. Sólo se puede conducir basado en el respeto, y éste es imposible sin vínculos. Como nadie puede dar de lo que no tiene, la conducción es, naturalmente, una tarea para quien conoce el camino o, al menos, cómo y hacia dónde guiar el peregrinar de otros. Uno que, en vez de conducir, tome el camino autodestructivo o agresor junto a quienes quieren violencia, no es líder, es sólo usurpador, sembrador de males. El líder requiere un corazón grande capaz de amar, pues sin amor no se conoce; requiere una mente dotada de herramientas, para distinguir lo verdadero de lo falso y para reconocer las trampas del mentiroso y malintencionado. Requiere voluntad para sembrar aunque todo esté en contra. No encontraremos tan noble perfil en estos días, no es el acento de moda.

Finalmente.

Las personas humanas no pueden vivir plenamente fuera de sí. La enajenación supone desnaturalización, degeneración, corrupción, locura. Los actos concretos de corrupción política, económica y policial, que conocemos y tipificamos en nuestra reflexión jurídica, son perpetrados por un ser humano voluntariamente situado fuera de sí, de otros y del hábitat que lo cobija. La historia nos enseña que liderazgo, modelo societario, legislación y gobierno, manifiestan corrupción como frutos de la irrupción en el poder de modelos personales de convivencia masificados, anónimos, que importan un grado relevante de desvinculación. El debilitamiento de la vinculación personal-comunitaria es, en sí misma, corrupción, que se manifestará en abusos y faltas de respeto tan variados como la naturaleza humana.

La industrialización y la gran urbe restarían, según se afirma, respeto a los ancianos y al fruto de nuestra actividad reproductiva. Esto debió alertarnos sobremanera, pues constituye un dramático ejemplo de desnaturalización. Quien interpretó este abandono en clave económica, afirmando que responde a carencia de medios de subsistencia, y culpó de ello a los dueños del capital, se equivocó profundamente: en comunidades no corruptas por la masificación, la escasez de medios fortalece el sentido gregario protector y las virtudes éticas necesarias para generar, compartir y protegerse mutuamente.

La desnaturalización proviene en realidad de un fenómeno inverso a la interpretación clásica: la pérdida del sentido de pertenencia vincular, y el redireccionamiento de éste a grandes poderes. La desnaturalización es fruto de la concentración de poder: bajo el amparo de ideas individualistas, colectivistas o consumistas, se simula una protección y estabilidad que, seductoras, atraen grandes masas al sueño del nuevo rico. Esa migración desde la comunidad a la sociedad fundada en la concentración de poder implica, por sí misma, abandono de los propios para abrazar el ideal de ambición individual; pero la tragedia de esta concentración de poder es que en la punta de la pirámide caben muy pocos, y los demás obtienen sólo un rol mecánico en la máquina que produce satisfacción. La “equidad” que hoy se vocifera tan alegremente es, en realidad, sólo un mítico e imposible esfuerzo por hacer crecer la cantidad de inquilinos en la cúspide piramidal. Por eso, la concentración de poder está condenada a estallar dejando un reguero indeleble de sangre derramada, y una horrorosa orfandad existencial. Estas pirámides en la historia son accidentales y de triste memoria; la constante en cambio es helicoidal, trazando un vector que avanza inexorable hacia un punto trascendente.

Hay un orden natural anterior y superior a las ideas individualista, colectivista, y al modelo egoísta de satisfacción económica; ese orden natural, fundamento de subsistencia y convivencia, se empaña en la masificación y cosificación de lo existente, amenazando la dignidad y la vida misma. Se requiere, además de ignorancia, un grado superlativo de soberbia y arrogancia para negar este orden natural gregario o vinculado, pues supone que la afirmación racional o alguna creencia pueden dar a los seres formas diferentes de la propia. El modelo desvinculado fracasa porque no es propio ni posible que alguien provenga de generación espontánea ni dependa sólo de sí mismo para todos los efectos vitales. La identidad es concreta y práctica, no teórica: “nosotros”, y “todo”.

La institucionalidad no existe en reemplazo de la desvinculación y el abandono mutuo, y no le es legítimo usurpar el rol comunitario vincular; así tampoco es legítimo exigir a esa institucionalidad que suplante funciones propias del comportamiento ético personal-comunitario. La urbe, la organización y la institucionalidad podrían entenderse, a la luz de la experiencia histórica, como pretextos para el anonimato egoísta, pero en este proceso no hay determinismo alguno, hay sólo voluntad individual protegida cobardemente por ese anonimato. Los procesos humanos marcan la vida societaria porque ésta es gobernada por personas que provienen de esa determinada experiencia temporal. Pretender resolver de manera societaria los procesos personales y comunitarios es una quimera, un absurdo lógico cuya única salida es la crisis total. Si hay voluntad de evitar estos ciclos de crisis, la única vía a transitar es el respeto a la dignidad de la persona humana y a sus vínculos comunitarios.

Hay grandes líneas que considerar si se quiere evitar la actual farra ética. Ni la pretensión cualitativa ni la turbia mascarada cuantitativa, ni la idea misma, pueden absolver al ser humano de su realidad gregaria y vinculada. El error o la mentira sobre la identidad humana no sirve como fundamento de civilidad. Lo único que sirve es la verdad completa, integral, ante la cual enemigos y adversarios se reconocen y hermanan. Toda idea que se proponga debe conformidad de principio con la realidad tal cual es: ser en comunidad, ser-en-otros, ser en una perspectiva temporal y espacial, ser vinculado entre sí y con el medio.

Esos vínculos definen el bien y el mal ético y moral; y a esta definición se debe la institucionalidad. No puede haber ninguna contradicción teórica entre personas ante estos vínculos, y ante sus actos favorables o contrarios a ellos. La condición humana no es individual ni colectiva, es personal-comunitaria; la libertad se define por esos vínculos mutuos de dependencia, no por sí y ante sí, ni por gracia del dictador de turno, ni por la erudición del tonto de moda, ni por el poder económico, la fuerza de las armas o la efectividad de los estímulos propagandísticos. Estos vínculos obligan al diálogo y proscriben, por principio, la división artificial entre facciones.

Hay, en síntesis, que recuperar el respeto a la propia identidad humana. Las actuales reformas propuestas o impuestas están en las antípodas de tan noble objetivo, y una eventual supresión de los partidos políticos sólo se le acercaría tímidamente.

Leave a Reply