anteriores al 2016

Hacia un Estado Totalitario.

“Lo que se juega en las elecciones”, “el juego democrático”, “fair play”. “Juego”… Esto no es un juego, ¿es acaso un juego? El juego electorero banal impone reglas a una turbiedad ignorante y pasional que vive de la identificación simbólica… las personas votan a sus “símbolos” cuando éstos satisfacen sus pasiones y ambiciones. La tendencia en los fenómenos masivos es descender a bajas pasiones y ambiciones. Espolear tendencias masivas degradantes es un crimen, doble crimen si el objetivo del instigador es el poder total. El totalitarismo jamás es un juego, al contrario, es un mal terrible.

Hablar de cambios constitucionales en algún contexto banal y frívolo no es adecuado; de la constitución se esperan equilibrios eficaces que nos protejan de desbordes totalitarios como los que veremos. Deben darse condiciones para asegurar una reflexión libre de influencia totalitaria. El fundamento de una sociedad es la persona y la comunidad; no conviene a ningún ser libre el totalitarismo, aunque algunos, con violencia, lo exijan a gritos destemplados.

La hora más amarga de un buen líder es aquella donde debe sacrificarse por quienes no comprenden la importancia de la libertad; ésta es la hora. Un buen líder debe negarse rotundamente a cualquier modificación constitucional que pavimente el totalitarismo de cualquier color.

Hemos identificado livianamente “totalitarismo” con el apellido Pinochet. Esta simpleza de alta rentabilidad electoral, que todos repiten como papagayos, ahora hace agua.

Votación y Participación.

El voto se presenta equívocamente como deber cívico inexcusable, como fin democrático, distrayendo su naturaleza de medio para obtener un fin. Las condiciones de validez del voto son: información verdadera que permite decidir en conciencia, y libertad institucional para suscitar candidatos que representen lo más noble de cada comunidad.

La información electoral se ha tornado torcida y manipulada, emocionalmente librada a agredir competidores para anular su potencial. Con este truco se confunde a un electorado dividido: una porción es cautiva de esas pasiones (el voto duro), y de su ignorancia agresiva que rechaza cualquier reflexión analítica, lógica y racional (adulta) sobre el bien común; otra porción aparentemente reflexiva y alternativa procede al margen dando migajas de votos a símbolos emergentes de escaso potencial electoral; otra parte vota por interés: le pagan por votar, directa o indirectamente a través de promesas electorales (el populismo es una forma de cohecho). Otra parte demasiado importante no vota, por muchas razones -no sólo apatía- entre las cuales vemos diáfano el descontento y hastío con esta porquería electorera. El “sí”, algún “no”, y el notable ausentismo del votante, entonces, en tanto infantil o pueril, perpetúa a los oligopolios.

En las antípodas de la libertad propiamente tal, este círculo vicioso mata el digno fin al que debe servir el voto. En el actual escenario, donde minorías avariciosas controlan hilos de poder políticos, productivos, comerciales y financieros, las áreas de participación se han reducido a una chacota de libertad desinformada. El voto, cautivo de mafias, legitima a quienes controlan medios masivos y generación de candidatos; el voto ya no contiene participación ni democracia, es una timadura macabra en el rostro mismo de la comunidad; el acto de votar es un insulto a la dignidad del votante.

Vida y Dignidad Humana.

Es capital la cuestión de la vida y dignidad humanas, valores universales que los representantes del Estado deben defender y asegurar por igual, aún cuando gobernados exigieran lo contrario. Desde el Estado se defienden estos bienes porque así conviene a las personas; ningún representante debe promover conculcarlos porque se le ha negado expresamente tal poder. Es más, debe usar la investidura con sabiduría y eficacia para defender la vida y la dignidad de toda persona.

La inyección artificiosa de diferencias irritantes, manipuladas ideológicamente, parece doblar las rodillas de estos débiles representantes: ven en blanco y negro categorías y derechos específicos, favoreciendo minorías de origen étnico, orientación sexual, estado de vida o edad, que no han solicitado discriminación positiva… ¡y no ven personas humanas igualadas, ante la ley, en dignidad y derechos! Quienes dicen representar minorías no tienen mandato para ello, sólo las utilizan; azuzan, siembran cizaña, emporcan la convivencia, ensamblan segregaciones artificiales, y luego recogen poder en nombre de sus perversas odiosidades.

Cuando un candidato propone el aborto, lo que en realidad propone es reasignar al Estado el poder de decidir quién debe vivir y quién no, o quién está autorizado a matar y quién no. Cuando un candidato propone favorecer minorías, lo que consigue es discriminar, crear categorías entre ciudadanos, diferencias ante la ley, violando la dignidad de quienes no se ven favorecidos por alguna discriminación positiva, y violando el mandato de resguardar la igualdad en dignidad y derechos.

Vida y dignidad humana se conculcan por razones aparentemente justas; con pueriles caballos de Troya se le devuelve al Estado el poder de quebrantar esos bienes. Nada obsta para que tan peligrosa y aterradora facultad se utilice en cualquier instante, de pleno derecho, con fines totalitarios y dictatoriales, porque esa facultad es, en sí misma, totalitaria, es todo cuanto necesita un demente para aplastar a un país entero.

Educación.

Cuando un candidato o representante se somete al destemplado y frívolo grito de “educación gratis”, lo que consigue es arrebatar a las personas el poder de educar a los suyos de manera libre. ¿Cómo? Entregando al Estado el mayor poder de control ciudadano que se conoce, ese que han deseado todos los sociópatas totalitarios: educación, adoctrinamiento, control de información y conciencia. Ya se ha logrado dar pasos importantes controlando la verdad oficial, falsificando la historia, y gritando como cuervos para impedir que todas las voces de Chile puedan oírse con libertad; ahora este infame camino será lacrado con el poder estatal.

Todos sabemos que la educación no es gratis. Lo que se pretende, pero se evita decir, es que el Estado pagará. Quien paga manda. Si paga el Estado, he aquí quien manda en educación, he aquí todo el poder que se requiere para quebrantar los claustros universitarios y las aulas definitivamente, degollando el pensamiento libre, el humanismo, las ciencias y las artes, sobre el voraz altar político-económico. Tal vez no ocurra por la bondad de algún gobernante, pero no tenemos razón alguna para suponer virtud en quien ambiciona control total del botín estatal.

Los administradores hasta ahora elegidos convienen en no mencionar, ni de broma, que la educación es inaccesible porque prevaricaron en su gestión pública cuando fueron serviles a pequeños grupos de alto poder económico, local y foráneo (egoísmo, codicia, avaricia), que ahora masacran metódicamente el poder adquisitivo de las personas, arruinan la pequeña industria y comercio particulares, traban la iniciativa individual y postran al agro (nuestra reserva cultural). Las personas no pueden defenderse porque no pueden pagar por acceso a la justicia aplicada –equidad-, también permeada por estos siniestros poderes. Se han reducido los espacios de libertad al consumo descontrolado, donde la persona alcanza pan y circo que opera como droga dura atontándolo, volviéndolo irresponsable e infantil, incapaz de percibir su carencia de dignidad.

La primera y más importante injusticia fue perpetrada por esta infamia que arrebató a la persona la libertad de subsistir por sí misma y pagar la educación de los suyos. Por eso ahora muchos golpean las puertas de las arcas fiscales para exigir grano, haciendo temblar nuestro equilibrio económico.

Coincidimos en proteger niños -una vez nacidos-,  y jóvenes, de agresiones e injusticias evidentes. Pero también se evita decir con valentía que líderes políticos aparecen ahora como redentores de un lío causado por ellos desde los poderes públicos, desde el Estado: promueven la progenitura irresponsable y debilitan la paternidad y maternidad; esas políticas disocian el acto sexual de la responsabilidad familiar y comunitaria, inyectan a la fuerza desprecio por la familia y la liquidan económicamente. En simple: el Estado promueve la destrucción de la familia y la reproducción irresponsable, y luego asume un rol sustituto suplantando y usurpando la patria potestad. Así el país se desfigura como comunidad humana y se convierte en un plantel ganadero administrado por el conglomerado predominante, que podrá criar a sus anchas, en serie, animales productivos controladamente racionales y nada libres. ¿Esto fue fruto de la estupidez o fue deliberado?

Convendrán todos en que es bastante más digno tener cómo pagar lo que libremente se considere adecuado para los propios; de hecho los ciudadanos preferirán esa libertad al control estatal, y se espera que la defiendan cuando se percaten del fraude. Pero nadie está por enmendar rumbo. Este es otro caballo de Troya totalitario, cínicamente orquestado por el aparato mediático partitocrático para aparecer interesado en las personas. Es sólo propaganda tiránica.

Servilismo Internacional.

El derecho internacional está mostrando un rostro terrible: concentración de poder mundial. Esto fue posible porque los líderes locales (cobardía moral y en su camino al control llegaron a deber favores) firmaron, paso a paso, cesiones de soberanía a poderes globalizados. ¿A alguien puede caberle duda de que tanta concentración de poder acarreará gran corrupción en quienes lo ejercen? Ya está visto, estamos ante un neo imperialismo endemoniadamente sutil, vestido de ángel de luz, que nos conduce al más indigno vasallaje.

Teóricamente las normas internacionales no deben importar yuxtaposición a la soberanía de los socios que las suscriben. Pero es ingenuo esperar tal cosa. ¿Quién debería mandar en este pequeño Estado, en esta provincia del mundo? No ciertamente los diplomáticos ni los ganadores de la gran guerra, ni los países más ricos o con más armas nucleares; aquí hay ciudadanos, personas, en ellos reside la soberanía. Somos soberanos del territorio y de lo que en él se produce; señores de su aire, su agua y su energía. Podemos vender los frutos de nuestro esfuerzo, pero no nuestra soberanía, ella no debió ofrecerse como artículo de comercio e intercambio, ni debió cederse en pago de favores políticos.

Los efectos, sin embargo, de una venta velada y cobarde, la están pagando labriegos, pescadores, comerciantes locales, ¡los emprendedores! Por estas renuncias toleramos vertederos nunca antes vistos donde se depositan productos deliberadamente fugaces; soportamos que nos digan qué, cómo, a qué precio y en qué condiciones debemos producir y vender; padecemos un caleidoscópico y voraz quiebre periódico del tejido social; vemos cómo nuestro territorio se desertifica, cómo ya no somos dueños de nuestras aguas, semillas… ¡ni siquiera podemos criar animales domésticos ni polinizar con abejas en nuestras tierras sin permiso! Todo debemos comprarlo caro al gran capital, pudiendo producirlo. Estamos demacrando a nuestro pueblo con deuda, lo estamos esclavizando para robustecer arcas ajenas. Mal comerciante es quien compra basura pagando con su territorio, su dignidad y la libertad de los suyos.

El INDH.

Un ejemplo dramático de desborde es el INDH. Su génesis, su estructura interna, su sesgo ideológico radical y su negativa a defender violaciones concretas gravísimas a los derechos humanos, ocurridas en nuestro territorio en los últimos veinte años, nos hace preguntarnos con ira qué clase de gente nos está representando.

Ya resulta extraño que el Estado se arrogue la función de fijar agenda nacional valórica, porque no le corresponde; es la persona humana quien, en conciencia, forma familia y comunidad, y a través de la alteridad despliega la proporción propia ética y moral que constituye factor de unidad nacional; al Estado sólo le compete defender este patrimonio si es amenazado, y a nosotros asegurar líderes que lo encarnen, representen y promuevan en el marco de nuestro estado de derecho soberano. Resulta detestable esta suerte de “banco central” de los derechos humanos, pero vaya y pase, si hubiera sido bien diseñado y dirigido. La cuestión es que no fue bien pensado y es tóxicamente dirigido.

Muchos caudillos han causado estragos por su ambición personal, pero muy pocos los han causado inspirados por fanatismos ideológicos revolucionario, totalitario, racista o anarquista. Estos fanáticos han utilizado medios concretos diseñados para implantar descontento y soliviantar masas; han entrenado cuadros armados, han torcido y mentido, han falsificado, han agredido, han destruido toda posibilidad de diálogo, han introducido el resentimiento y han armado a incautos que aprendieron de ellos a odiar y resabiar. Ellos han derramado sangre en número jamás visto, millones. Ellos son criminales, asesinos, genocidas.

El siglo XX, sólo en cifras de muertos por violencia de Estado, mide a dos grandes ideologías como las genocidas, criminales y perversas: Esas dos en realidad son una sola locura: masa gobernada por una élite megalomaniaca, masa sin libertades mínimas a merced de un aparato estatal capaz de matar a cientos de millones para perpetuarse en el poder. La vida humana, en estas ideologías, no vale nada, y tampoco la dignidad. He aquí el verdadero rostro totalitario.

En Chile, a una de esas corrientes ideológicas le fue arrebatado el poder y sus representantes fueron duramente perseguidos. Sus fanáticos sembraron violencia y odio; luego fueron víctimas de su siembra, porque enfrentémoslo, se les aborreció masivamente en su momento y se les intentó erradicar. Nosotros ahora los tratamos sólo como víctimas, soslayando los perversos efectos de su penetración ideológica revolucionaria y fanática, y su grave protagonismo en nuestra catástrofe institucional y en los odios que enferman nuestra patria. En virtud de esta victimización los débiles les cedieron espacios, como el INDH, que no guardan proporción lógica con su ADN ideológico y las gravísimas violaciones a los derechos humanos que promueven y justifican.

Se impidió por las armas –conciencias amansadas por la ideología “de seguridad nacional”-, un gobierno totalitario, porque nuestra clase política no tenía convicciones ni autoridad moral para detener por la razón esta avanzada, ni tuvo hombría luego para enfrentar cara a cara al sicópata que jugó a ser Dios separando trigo de paja “leninista”. Ahora el avance de una y otra ideología totalitaria, por igual, es protegido por roles de víctima, pues según una versión aquí los únicos totalitarios son esa derecha que apoyó al sangriento gobierno de las fuerzas armadas, y según otra versión nos salvaron de la dictadura del proletariado y recibieron el pago de Chile. Pero no hay versión correcta aislada una de la otra: su totalitarismo estuvo ahí, en el poder, y ahora está nuevamente ahí, al acecho de cada milímetro de control, ladrando como hienas cuando se les contradice o se bloquea su avance hacia la conquista de puntos estratégicos.

Aprovechando la falta de asociatividad, el hastío con la clase política y la inconsciencia ambiental, unos fanáticos construyen representaciones ficticias, las financian a través de ONG, y aparecen ante los medios masivos sensibilizando falazmente a un pueblo embrutecido para obtener apoyo a sus causas. Ese pueblo no es el que vota en su favor; numéricamente es mucho más, pero no se hace escuchar porque no tiene cómo; esta gente está montada en aire, en un globo excesivamente inflado. ¿Qué tiene que ver la mayoría de los ciudadanos con la ideología de género? Obnubilados por doctorados en derechos humanos, aceptamos que, en vez de nuestra gente con sus propias opiniones, estos agitadores reunidos en ONG traicionen la esencia de los derechos humanos desde un puesto en el INDH, exigiendo el derecho de matar niños en el vientre. ¡Quién los puso ahí!, y quién podrá sacarlos, porque esta gente jamás renuncia, antes bien se enquista, posee la institucionalidad como un cáncer posee un cuerpo, hasta matarlo. Más lógico sería tener representantes de cada región del país que esta pléyade dando el tostón.

He aquí el grave desequilibrio del INDH: una facción ideológicamente no representativa más que de sí misma consiguió por ley mayoría en el directorio, sin que ineptos legisladores se enteraran de lo que firmaban; lo controla y utiliza para sus fines. No es capaz siquiera de responder a quienes golpean sus puertas para obtener defensa de sus derechos humanos. Sólo ampara a quienes calzan con la agenda trazada por sus aliados internacionales. El INDH es hoy el resorte institucional de la más radical ideología actualmente en boga; nada hay más ideológicamente radical, en Chile, que la dirección del INDH; no representa ni defiende a todos quienes vivimos bajo este territorio, porque tiene puestos sus fanáticos ojos en otro mandante, lejos de aquí, lejos de la voluntad ciudadana, contra el bien común.

Finalmente.

El voto no es libre ni informado. Pocos controlan medios masivos, el comercio, los grandes capitales y las fuentes de recursos, con la anuencia de los partidos políticos. Los derechos de las personas han sido gradualmente conculcados por estas metástasis locales e internacionales. La libertad languidece y se seca.

A pasos cada vez más acelerados se concentran el poder político y el económico. A representantes hegemónicos se les ofrece en bandeja de plata la posibilidad de controlar la educación y disponer de la vida de las personas, desde el Estado; con estas dos herramientas, el Estado deja de ser buen fruto del acuerdo ciudadano, y se troca en gravísima amenaza totalitaria. Un poco más de descontento y radicalización -odio y violencia-, y el Estado en manos equivocadas aplastará las raquíticas libertades que aún goza el ciudadano.

Nadie tiene el deber de obedecer leyes injustas. Si la partitocracia en pleno asegura sus cuotas de poder con cargo a libertades políticas y económicas, nuestro escenario es leyes sin efecto o que favorecen a pocos con cargo a todo el resto; es decir, estamos ante un estado de derecho debilitado, ineficaz, o agresor del respeto a la igualdad, la justicia y su expresión aplicada, la equidad. Mientras una parte de la partitocracia dedica sus esfuerzos a culpar a otros por estas faltas de respeto, otra parte capitaliza y amplifica el descontento social porque busca el quiebre institucional, rancia palanca de acceso a mayor poder. Esos demiurgos de la crisis institucional son quienes proponen asamblea constituyente, sólo armados con el patético tañido de la consigna chantajista que vociferan sus sicarios, sin ningún argumento sólido que la justifique, sin sustento jurídico que se los permita, sin propuesta previa, y con suficientes cuotas de poder para actuar al margen de la voluntad ciudadana. ¿No es ésto totalitarismo puro?

El Estado avasalla al ciudadano, ahora, en nombre de la democracia y la libertad. Individualismos y colectivismos comiendo del mismo granero ajeno, socios en una alianza perversa que asegura el botín del poder total. Ningún ciudadano, ningún poder del Estado, ningún ejército, podrá enfrentar tan gran adversario. Esos cínicos que decían aborrecer la violencia reciente son quienes construyen cimientos totalitarios: el fin de las libertades nacionales e individuales, el gran gobierno orwelliano, el más grande imperio y la más brutal dictadura que el mundo haya conocido.

Los líderes que podrían resistir se encuentran embrollados en sequía argumental, palabrería inútil que los segrega entre sí haciéndolos aparecer diferentes, como si sus endebles barnices ideológicos aún relucieran. Ya pasó el tiempo de los individualistas y colectivistas pero éstos simples parroquianos no se enteran, se aferran a cadáveres y esqueletos, porque no tienen nada en reemplazo. Su amalgama es sólo su ambición arribista, alguna absurda conciencia de que el voto es un pomposo óleo que los ungió, y lealtad de hampa que los obliga a seguir unidos para esconder la mutua corrupción.

Son ahora fantasmas atenazados por poderes políticos y económicos globalizados, y por gobernados nada conformes; todo los sobrepasa, no tienen consistencia intelectual ni altura ética o moral para liderar el proceso de cambio; no tienen la fuerza para detener la concentración política y económica, la corrupción organizada. Sus estructuras son débiles chozas arrasadas por un feroz vendaval, cosecha propia de vientos sembrados por su irresponsabilidad. Ellos no contendrán el avance de la plaga totalitaria, no defenderán nuestra libertad, porque no pueden, no lo desean ni les conviene. Ellos no son útiles.

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