anteriores al 2016

Vuestra Obscuridad se Proyecta al Mundo

Dice nuestro renacentista mecenas Félix, en esta dulce tierra maulina, que nadie jamás debe faltar el respeto a un artista, ¡nadie! Él estaba sólo irritado porque es un hombre prudente. Yo llegué más allá porque no poseo inclinación a la prudencia: estoy furioso porque entiendo del tema, soy un artista, y confieso también que mi irreductible sangre noble y vasca me impide, ¡absolutamente!, amistad con quien es desleal, deshonra, y da la espalda a lo más alto para venderse al emperador de las cloacas. Pero ¿será tan así? Tal vez un poco de racionalidad tienda puentes a alguien, para que explique privadamente porqué, porqué…

Para comenzar, “poderoso señor es don dinero”, dice Quevedo, pero efímera su gloria, dice la historia; y triste su señorío, al decir de Balzac (tal vez sólo cita o parafrasea) cuando afirma: tras cada gran fortuna hay un delito. Se admira a la fortuna pero se desprecia a su dueño aquí y en la puerta de entrada a la Jerusalén celestial. El público no se reúne emocionado a aplaudir y vitorear, ni paga entrada para ver cómo se amasa el gran capital; tampoco aplaude cuando el coronado por ella ostenta y luce su señorío. No es el gran capital quien consuela, cura heridas y educa el alma de nuestra gente; diríamos que, a la inversa, su frenética búsqueda está jalonada de descomposición moral. Por eso todos recuerdan reverentes a Socrates pero nadie recuerda a sus contemporáneos que alcanzaron fortuna. 

¿Está unido el dinero al poder? Quien cumplió la meta de cubrirse de oro sólo subió el primer peldaño de su megalomanía incansable; desde ahí, desde ese señorío irregular y disfuncional querrá el siguiente peldaño, ¡el poder! Reconozcámoslo o no, el poder atrae a los ambiciosos; son muy pocos y extraordinarios esos a quienes el pueblo ha perseguido hasta su escondite para obligarlos a tomar el poder. Y son también raros los casos en que el poder ha sido ejercido en bien de los gobernados. Quien posee poder quiere más y más poder… Por eso todos recuerdan reverentes a Socrates pero nadie recuerda a los poderosos de su época. Tal vez a alguno, haciendo memoria o “googleando”… Vemos las imágenes de candidatos a la máxima magistratura peregrinando por nuestras calles, sin pena ni gloria, sin aplausos; los consiguen sólo cuando son vestidos por “investiduras” y en sus manos se muestra el cetro del poder.

Aunque el poder es del Dios en que algunos creemos, no falta quien se viste de él para controlar con sucias zarpas las conciencias de esas eternas ovejas que nada preguntan ni cuestionan. Noble sacrificio el de la cruz de Cristo, pero en Su nombre se ha derramado sangre que clama al cielo, y la sangre nunca se seca. Por esa sangre derramada, que nunca se seca, las voces disidentes nos condenan por creer, como si la fe por sí misma hubiera sido causa de tanta muerte, ¡pero no!; bien visto fue el fanatismo de hordas guiadas por un ambicioso, inescrupuloso, que vociferó aprovechándose de ese manso que escondió en la cruz Su verdadero señorío sobre todo lo creado. Todos recuerdan a Socrates, pero nadie recuerda a esos ambiciosos e inescrupulosos manipuladores de conciencia que había en su época.

Así será con la nuestra. Así tal cual.

Pero, universalmente, por sobre los grandes guerreros y emperadores, hay algunos que no se cansan de vencer al olvido para prevalecer en el corazón de un mundo que los ama incansables. No pocas veces sus nombres se han extraviado y, rotulados como “anónimos”, son adorados por su obra. Esos son los artistas. Ciertamente no hablo de esos vendidos a algún emperadorcillo o piña desvairada por la ideología. Tampoco hablo de esos que se consagran al arribismo con la ostentación de tanto mal gusto y mala educación. Hablo de quienes son consumidos por el amor a lo más alto y universal.

De ellos se habla en la mesa, mientras se come, pero no se habla de política ni de negocios ni de religión… ¿Nos entendemos? El momento más sagrado de una familia protege la unidad y el frágil bien del cariño mutuo, evitando mezclar alimentos con lo podrido, al contrario, buscando aliñarlo y sazonarlo con lo único que el ser humano, universalmente adora fervoroso: el arte y el pensamiento libre y gratuito. ¿De dónde sacan esos artistas sus recursos, cómo pagan sus largos estudios y sus caros montajes, cómo mantienen a sus familias? Es un misterio insondable, y una deuda de todos nosotros, que pretendemos gratis tanta bondad.

Ante el artista tanto el poderoso como el vestido de oro son sólo subalternos. ¿Porqué? La fineza de espíritu del artista los viste también a ellos, a las religiones, y a las almas de quienes viven torturados por su pobreza y sus penas bajo los puentes de nuestras fornidas carreteras; ¡el artista los viste con belleza! A unos les esconde su miseria, y a otros les promete, proféticamente, un futuro donde la belleza por fin curará su corazón de esas heridas que nos inferimos unos a otros. Sin el arte no somos nadie, como pueblo, somos sólo peregrinos hambreados y embrutecidos que buscamos el pan del día, somos siervos de la gleba abandonados por el gran señor de estas tierras; tenemos hambre y frío de arte libre. También ese del cetro, y esos sátrapas locales, son sólo esclavos, pobres hombres que deben a su liberador el trato de “señor artista” y “don artista”.

El artista está condenado a la pobreza, es verdad, cuando no se vende. Los vendidos, falsos artistas, fortifican el exiguo oasis de los recursos y niegan su agua a los libres. Cuando un artista libre obtiene éxito en su gestión, congrega más público y consigue más aplausos que el más famoso candidato, se ciernen sobre él negras nubes de tormenta: comienza la maledicencia, la intriga y la calumnia, a socavar cobardemente su honra y, cuando ya el rumor consigue status de clamor, el sátrapa de turno se deshace de él con escarnio. Se liquida al grande porque alguien pequeño quiere parecer grande. En este punto el alma de Chile entero llora, porque nuevamente hemos quedado huérfanos de grandeza que la historia recordará y a merced de miseria que la historia olvidará. Es el detestable pago de Chile que también conoció Socrates pero que no prevaleció sobre su memoria.

 

En agradecido homenaje a Pedro Sierra Espinoza, hasta hace pocas horas director del TRM.

 

José Antonio Amunátegui Ortíz.

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