anteriores al 2016

Las Tristes Horas Electoreras.

Queremos aprovechar la inmensa oportunidad del descanso estival para ofrecerles “un dejo de” reflexión que intenta remontar turbias contiendas. Llagados por calumnias e intrigas entre codiciosos de poder y riqueza, por pataletas adolescentes antisistémicas, por abusadores de todo tipo, y por caldeamientos y mutuas roterías pre electoreras, hay quienes nos auguran un desagradable 2013. Ojalá no sea así; nuestra paz social no es como el clima, que escapa a nuestras posibilidades de control: nosotros somos quienes podemos construir paz.

Habíamos definido paz, brevemente, como “tranquilidad en el orden”. La noción de “orden”, sin embargo, contiene “ruido” y un drama insoluble: la debilidad humana. El orden perfecto despierta reminiscencias dictatoriales, esbozando a un detestable prometeo que decide por otros cómo vivir y vestir. La sola proximidad de “orden” basta para provocar, a priori, rebelión. Este rechazo, sin embargo, es típicamente adolescente, es pataleta de quien afirma su identidad contrariando cualquier voz que pueda imponerle, proponerle o sólo sugerirle alguna noción de orden mínimo que funda los actos humanos en comunidad. La cuestión son los absolutos, los fanatismos, los baños de sangre y los espacios críticos que justifican alguna rebelión, y si acaso la rebelión misma representa otro absoluto más, indeseable por fondo y forma.

Sólo es posible fanatismo en quien, con ojos de sicópata, mira al mundo circundante como una gran colmena que le provee su miel. Si algún fanatismo podemos permitirnos sin culpa es el odio superlativo al fanatismo, con una sutil advertencia: amar al fanático, o no vale.

Pues bien, prometeo es un indeseable, es nuestro demonio comunitario y social. En tanto demonio, podemos permitirnos escribir su nombre propio sin mayúscula, como es tradición. Es quien decidió por nosotros iniciar cada guerra del siglo XX; es quien inventó y manipuló asesinatos de archiduques, revoluciones de obreros contra dueños del capital, arios contra subhumanos, mujeres contra hombres, vasallos contra imperialistas, ateos contra creyentes y creyentes contra creyentes. Es prometeo un despreciable cizañero de poca imaginación que divide para reinar con la mayor vulgaridad que se puede encontrar en el alma humana; es un pobre diablo que derrama sangre de sus semejantes para libar su copa.

Es un cobarde, y un imbécil, aunque es astuto. Monta maquinarias de guerra y de competencia económica; embrutece al mundo entero con lo más prosaico para pastorear a su antojo. Puede, con artes viles, robar con guante blanco o con pólvora, destrozar honras ajenas, presidir países y bancos más poderosos que esos países; puede aparecer en portada de Forbes y viajar en el último modelo de helicóptero. Hasta puede doctorarse en universidades de apellido vinoso. Con ese éxito fútil y frívolo destroza todo a su paso. Cuando sus víctimas despiertan del encantamiento, irritadas, lo buscan sin encontrarlo; nada ofrecerá para reparar el daño perpetrado y, definitivamente, no es de su interés la suerte de quienes dañó (“Yo era el rey de este lugar…”, Sui Generis). Incapaz, despreciable, nos gobierna porque ahí, donde hay billetes y tronos, siempre llega el nuevo rico, pero tras de sí no hay más que tristeza y dolor.

Es el artífice del siglo XX. Él asustó a adultos y jóvenes durante un siglo entero. Él logró, desde sus capitalismos y socialismos, desde sus fanatismos religiosos de cualquier color, y desde sus pirámides financieras que estallan al calor de la codicia, arrebatarle el sentido al ciclo vital familiar, comunitario y social, manchando manos con sangre hermana. Él logró que las personas quieran vivir el momento porque más allá sólo hay incertidumbre. Él logró viejos sin fe en otros seres humanos, en algún dios o en el lenguaje, y logró mujeres sin fe en la maternidad, en la vida, o en el amor; él logró niños sin futuro adulto, sin más espacio que sueldo mínimo o subsidio de cesantía. Él logró rebeldes permanentes, cínicos y desencantados, avejentados, que suponen de todo lo visible y palpable un mal intrínseco. Él logró que los jóvenes no quieran la adultez, inoculándoles el “ideal” de narcisos con pataleta cuando el gusano que los alimenta no cae del cielo y las plumas que visten no tienen el color de su agrado. Él logró sexo sin amor ni sentido reproductivo que renueva la especie. Él logró que el mal parezca bien y el bien parezca la perversión misma, o astutamente logró que mal y bien ya no sean relevantes, necesarios ni deseables. Él logró arrebatarle al hombre su ciclo vital, único bien que escapa a las zarpas de las delirantes visiones ideológicas.

Un mundo bobo sorprendido de las pataletas adolescentes que destruyen, exigen y extorsionan, idealiza la rebelión fijando su esperanza en “el cambio”, pero ¿qué cambio? ¿Narcisos que quieren ser prometeos? ¿Es sólo un relevo? Pues sí, porque la pataleta es un fanatismo más, una imposición más, un prometeo más que golpea el yunque con su primitivo martillo moliendo “el orden establecido”; a ese nadie le exige, “interpela”, pide o sugiere que reconstruya o construya lo nuevo, sólo le celebran su acto destructor. O peor, le celebran el éxito de su extorsión. ¿Es éste acaso un ideal? Es natural que unos y otros se deseen y celebren mutuamente, porque son padres e hijos de una misma iniquidad, y no puede exigirse a un padre que condene o denuncie a su propio hijo; su creatura, hecha a su imagen y semejanza, forjada en el molde de su narcisismo, viene a arrebatarle el control, y el padre previsor ya le reserva un puesto en el directorio de la moledora de carne, para que ese retoño pruebe el sabor de la victoria y el placer de aplastar a otros, sin amenazar a gran jefe su tiara ni su capa de armiño.

Una perfidia más: son asociativos. Controlan areópagos mundiales, y desde ahí imponen un poder, no legitimado por sufragio universal, a todos los países del orbe. El poder del voto se postra servil ante estas asociaciones nacidas de esporas tóxicas, temeroso de irritar al prometeo de turno, y concede una y otra vez hasta perder su identidad, su cultura, sus bienes y su libertad. En apariencia aún le queda el voto, pero los candidatos provienen de las usinas de prometeo. Los únicos y verdaderos dueños de su libertad figuran hincados ante sus raptores, humildes y agradecidos, rastreros.

Todo esto se puede mejorar. No podemos mentirnos a nosotros mismos, es difícil… Algunos expertos en algo dicen que la corruptela sólo se puede desmontar con una revolución, con más sangre, con recambio guerrero de prometeos y, por supuesto, con el sacrificio de soldados que irán, idealistas, al matadero en una suerte de siniestra triterapia cuyo fin es bajar la carga viral humana al pobre ecosistema. ¿Quién cree esa basura? Muchos, a la luz de la historia del siglo XX.

La fuerza de las armas o de la ley no hará al prometeo menos egoísta, avariento, codicioso o abusador; lo hará más astuto, lo impulsará a elegir la judicatura o el bando ganador, el con más fuerza. La educación, entendida en la actualidad como herramienta de promoción social, es sólo “guerra civilizada”, es arma de competencia por ese control y poder. La educación orientada al “tener” ha omitido el “ser” para evitar ruidos molestos al competidor egoísta.

Algunos seres muy poco “educados”, según parámetros de medición de los emporios que venden títulos -y de los siúticos-, comprenden claramente la solidaridad de destinos entre todos los seres humanos y el entorno; así lo han aprendido de las señales inmediatas y directas recibidas de sus familias, comunidades y de su medio ambiente inmediato: subsistencia. Para ellos “respeto” es sobrevivir y comer. Esto explica el mito del buen salvaje: son bien educados. La “civilización occidental”, en cambio, construyó una Babel inversa donde “falta de respeto” es sobrevivir y comer: son maleducados. La cancha fue rayada con ceniza que se lleva el viento; aunque intelectuales complejos y trasnochados exuden palabrería críptica y pomposa, no lograrán un fair play sustentable; no hay norma que resista al egoísmo.

El camino de regreso a lo que se conoce como humanidad es la familia: he aquí nuestro taller de humanización. Por eso nociones como familia y maternidad se han transformados en peligrosas enemigas de esta civilización; por eso el ahínco extraviado en borrar de ella todo rastro de tradición altruista. Por eso tanta desvalorización teórica a los vínculos, y tantos esfuerzos en dividir hombre contra mujer, hijos contra padres y humanidad contra medio ambiente. Los vínculos representan un peligro terrible: podrían romper los delicados equilibrios de esta Babel consumista, o podrían quitar a un pseudo líder su nicho de poder. ¡Todos contra todos!, dividir, enemistar al ser consigo mismo, oponer contradictoriamente persona a comunidad.

En una comunidad sana fuertes sostienen débiles: niños, ancianos, incapaces… Ni se preguntan si les corresponde, cumplen su rol porque sólo así puede existir comunidad. En esta sociedad enferma fuertes comen débiles, porque sólo así pueden hacerse más fuertes. Esta es, en un sentido más literal que simbólico, una sociedad de antropófagos que se enfrenta violentamente con una comunidad, aún existente pero en la diáspora, de gentes que viven en el respeto. El divorcio entre sociedad y comunidad es cada vez más evidente. Los actuales líderes sociales titiritean un mundo que estallará en pedazos, y los de la diáspora representan la reserva de humanidad que, nuevamente, pagará el precio de los destrozos y mitigará el dolor de quien, por equivocado o enemigo, no es menos semejante, y por lo tanto merece respeto y acogida, sin perjuicio de la necesaria corrección fraterna que le ofrece redención.

Ese respeto y acogida que exigen los cizañeros y enredosos, se sostiene del rol social conseguido con malas artes: investidura, dinero, símbolos vergonzosos de status (vehículos, casas, cuentas de colores). Se hacen llamar “autoridad”, y en virtud de ella exigen respeto; provocan y luego se hacen las víctimas. El respeto que exigen no deviene de investidura alguna, procede del ser mismo humano. Una parte del respeto la tienen asegurada, la del ser, pero otra se debe ganar, la de la bondad de sus actos; ningún nombramiento fortuito por sufragio popular exime a un ser humano de comportarse como tal, o lo convierte en vaca sagrada. Todo lo contrario, aún la máxima autoridad de la nación debe preocuparse si alguien, eventualmente, osara soltarle un “imbécil” o “sinvergüenza”, pues tal vez hay detrás de una “falta de respeto” la delicada señal: no merece el puesto que consiguió, el puesto tiene demasiada importancia para que lo ocupe alguien tan precario e indeseable: corrección fraterna que se corresponde con el bien mayor, y que debe mover a la conversión en un sentido ético y moral.

La construcción artificiosa del odio entre facciones en pugna por el botín estatal nos tiene hartos. Quien siembra vientos cosecha tempestades. Anda mucho escabroso deshonrando a otros, con razón o sin ella; inmisericordes quieren aparecer inaugurando lo que no construyeron y destruyendo lo que no podrían construir ni pagar. Anda mucho desfachatado vistiéndose con ropas ajenas, agenciándose obras que otros sacaron adelante. Anda suelto mucho interesado en convencer a los incautos de que él sostiene sus vidas, y de que el adversario les chupa la sangre. Anda mucho interesado en dineros de la cultura para financiar sus campañas. La próxima elección será más de esto mismo; ya no hay esperanza de una elección fundada en la verdad sobre lo que ocurre en las altas esferas partitocráticas.

Culpamos al periodismo que ofrece obsecuencia servil con los “grandes señores”, o con algunos de esos señores, mostrando una petulante parcialidad éticamente intolerable. Culpamos a quienes abandonaron la ruta de la dignidad para seguir el camino del pragmatismo (el dios “voto”). Culpamos a todos quienes amenazan la paz social para conseguir votos, y a todos quienes la amenazan para cumplir su sueño de riqueza y poder. Y culpamos, sobre todas las cosas, a quienes han callado cuando debieron gritar “¡egoístas!”, a todos quienes permitieron que este mundo enfermara de tan grave mal, sin hacer nada pudiendo y debiendo hacerlo.

Es bueno decir, claramente y sin disimulo, que sembrar o fomentar división y odio es despreciable y vil, es execrable; es un mal moral gravísimo, un abuso que por convertirse en uso no se convierte en bien social, al contrario, se trueca en una amenaza terrible. Quien incurra, durante esta campaña, en tales prácticas, merece el repudio de sus propios pares y correligionarios pues, si son honestos en su amor a la cosa pública, deben por fuerza aislar a todo quien amenace la paz social. Los incautos de siempre seguirán por igual al sinvergüenza que al egregio, pero unos traerán dolor y tristeza, y los otros traerán paz. Sólo quienes construyan paz pueden ser presentados a un cargo de elección popular, pero ¿es ésta, acaso, la vara aplicada a la generación de candidatos? ¿Quién y cómo lidera este proceso?

Nada hay, en las artificiosas diferencias entre partidos y candidaturas disidentes, o en los proyectos de ley, que enfrente el núcleo del problema post moderno; al contrario, tenemos una variada oferta de placebos y benzodiazepinas sociales que ocultan el verdadero mal: el egoísmo elevado a forma de convivencia social. Con plena conciencia de que una pax romana será superada por sangrientos estallidos, legiones de pusilánimes callan para evitarse problemas. Cada nueva elección y cada nuevo experimento agota las fuerzas y hace más difícil evitar las rebeliones.

La única reforma madre de todas las reformas, es la única ausente; no tiene candidatos. Pero sí tiene fieles constructores de paz, silenciosos, que esperan pacientemente el día del despertar.

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