anteriores al 2016

Pete el Negro y La Verdad

Tal vez alguna vez tendremos un país decente. Es nuestra esperanza. Este país, el de ahora, tuvo a un gran hombre ante sus narices y se lo farreó.

Sólo catastrando el tipo de gentuza que accede al control del dinero y el poder con manipulación, intriga, malas artes y, en síntesis, carencia de integridad, comprendemos que personas como Pete el Negro hayan vivido al margen de ello por casi toda una vida, o que las actuales autoridades no hayan tenido el más mínimo gesto protocolar hacia quien sirvió sin descanso desde el Estado o al Estado. Este “pago de Chile” ahorró a Pete el Negro el mal rato de ser despedido por gente indigna de estrechar su mano.

Pete el Negro se sumó a la larga lista de grandes hombres de Chile que han vivido cesantes o económicamente vulnerables porque no robaron ni recibieron coimas cuando pudieron; Pete el Negro rehusó aprovechar información privilegiada para mal haber tierras baratas; se negó a recibir pensión de ministro por sus años de subsecretario; rindió viáticos de viaje y devolvió al fisco la diferencia. Pete el Negro dio muestras de integridad moral hasta el último detalle, pagando en apuros económicos su corrección, y en honra chaqueteada por voces de su entorno que lo rotularon “estúpido” por no haberse hecho pagar tan sólido trabajo.

Con gusto habría vivido una situación más acomodada, pues no tenía horror a la riqueza ni voto de pobreza. Pero no estuvo dispuesto a obtenerla de mala manera, ni a venderse o imponerse. Él, consciente de cuánto podía aún dar a Chile, eligió el aporte silencioso y anónimo, avergonzado del rumbo que tomaba su país. Él pensó siempre en el país que amó, nunca en sí mismo: por eso podemos decir que él fue un hombre noble viviendo entre plebeyos.

Recibió una sólida formación intelectual y moral, y tenía mundo, amplia mirada a las manifestaciones del alma humana. Era capaz de valorar toda idea que se le presentaba; ni el cansancio ni el trasnoche, ni menos algo de alcohol lograron confundir su mente pedagógica: minuciosamente guiaba a sus interlocutores con la más estricta lógica, corrigiendo paso a paso las falacias e imprecisiones lingüísticas, lógicas y críticas, o las falsificaciones históricas. Era una mente libre de consignas, lemas y frases hechas, muletillas, verdades a medias y mentiras. Dialogando, era imponente.

Docto economista, en su profesión era apabullante. Cientos de páginas atiborradas de textos y cifras eran destrozadas en segundos por defectos de redacción o columnas mal sumadas. Bajo su mando esos astutos de siempre, plásticos y pomposos, quedaban en evidencia, obligados a trocar petulancia por humildad, necedad por estudio profundo, y pereza por trabajo riguroso; en su entorno las horas de trabajo se trabajaban. A quien quiso hablar en japonés para evitar que él comprenda, le respondió en perfecto japonés, avergonzándolo. Quien intentó coimearlo aún tiembla de miedo. Y a quien hizo bien su tarea le enseñó a no esperar otra recompensa que la alegría de haber servido bien a su patria.

El mundo de los capaces también está lleno de egos petulantes, arrogantes, soberbios, arribistas que se elevan por sobre los hombros de los demás con la extravangancia, la estupidez y el mal gusto del nuevo rico. Él, capaz entre los capaces, fue bendecido además con la sabiduría para evitar tan repugnante camino; así logró una extraña mezcla de saber apabullante, humildad monacal y una sorprendente capacidad de escuchar aún dormido los argumentos que flotaban a su alrededor.

¿Qué magia prodigiosa fue esta que le permitió rozar la sabiduría? En realidad fue un defecto: él, hombre de gran corazón, prefería sutiles actos que mostraran sus amores, cariños y afectos, a quienes le rodeaban en sus círculos cercanos; a la patria, de igual manera, sólo podía darle su vida de manera heroica y silenciosa, como quien sirve, sin ningún aspaviento. Prefería los actos a las palabras, pero esos actos no debían constituir testimonio –saberse-, debían esconderse.

¿Actos sobre palabras? Sí, porque la realidad para él tuvo más valor que las interpretaciones que de ella hicieron filósofos y científicos de tan gran renombre como vacuidad revestida de erudición: una montaña de palabrería rebuscada sólo ofrece contradicción y nada al hombre honesto que ama a la realidad. Por eso era tan escrupuloso con la precisión lingüística. Las palabras y la razón humana no están para malvestir idiotas y para embrollarlo todo, pues su función es la inversa, y no puede ser más noble: comprender todo, comprender a todos, comprenderse entre sí. Si este gran valor fue sacrificado en altares del interés avariento o la megalomanía narcisista, ante las narices de este justo, no le dejaron más salida que retirarse a un lugar donde vivir su vocación de eterno Job. Para redimirse podría haber hecho pataleta, pero a riesgo de quitar valor a lo que tanto amó.

Todo lo valioso, entonces, fue ocultado a los crápulas, y guardado para gloria de Dios. Gran cantidad de personas que pueblan esta tierra, aún reencarnando mil veces, no lograrían comprender este género de grandeza humana, este gran corazón. Destinado a ser incomprendido, jamás jugó a víctima, sólo sufrió humildemente su soledad y tendió sus manos a quien nada comprende.

Tanta humildad y sutileza estaban destinadas a confundir serpientes venenosas, a quienes él encantaba con sus encriptados insultos. Un mundo controlado por petimetres, pusilánimes y pequeños tiranos amparados tras mitras, judicaturas y magistraturas, senaturías y diputaciones, presidencias y títulos académicos, no se rendiría fácilmente ante quien, aún bajo un puente y muerto de hambre, valía más que todos ellos juntos porque se atrevió a ser él mismo, se atrevió a amar, a pensar con libertad y a creer que un Dios miraba la obra de sus manos. Al rechazar la pompa humana él, en realidad, se elevó a gran jefe de todos esos, a superior jerárquico, porque ningún dinerillo ni título lo amordazaba en su sed de verdad, justicia y misericordia.

Ciñó la verdadera corona de los nobles porque cargó con las miserias de su tiempo y las venció en silencio por amor a un futuro mejor para todos, incluyendo a quienes podría haber despreciado, si se hubiera atrevido.

Él dijo en sus últimas horas que valía más muerto que vivo. Pues no se equivocó: está por fin libre de las ataduras espacio temporales y de las normas impuestas por los pequeños tiranos, en el corazón del Dios que le enseñó a amar con su silenciosa y devastadora fuerza; ninguna maldad humana puede evitar que la semilla de su grandeza germine por todas partes con la energía que hasta ahora sólo vemos en la maleza. Todo él fue un anuncio profético de nuevos tiempos donde el león pacerá con el cordero. El mundo de los inicuos está a punto de estallar en pedazos, y cuando ello ocurra, gracias a Pete el Negro, sabremos dónde dirigir nuestros pasos.

Nadie recordará a esta gentuza que ahora engola su voz; tal vez la noche de los tiempos también confunda el nombre de Pete el Negro. Pero un hombre noble guía legiones por milenios, la muerte no puede detener al gran jefe de quienes amó. La patria ha ganado un nuevo líder que, en Cristo, hace temblar de temor a quienes se creyeron grandes. Que los pequeños sigan construyendo sus pequeños mercados con la sangre de los pobres, ciegos de una fuerza que devastará sus pretensiones para construir la Jerusalén celestial, la patria definitiva donde las lágrimas de quienes sufrieron serán enjugadas. Esa es la verdad impopular de la fe, esa de Pete el Negro, en la que ya no conviene creer porque puede ser verdad.

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