anteriores al 2016

Ni 60% ni 40%, el 100% de la Comunidad Humana

Las pasiones políticas, de suyo irreflexivas como las de una hinchada deportiva, se identifican con símbolos y caudillos y detestan el ejercicio de la razón porque pone en evidencia sus vacíos. Se hace difícil presentar un contenido racional a personas dispuestas a todo, incluso a los más graves vicios lógicos, éticos y morales, para destrozar argumentos o la honra de quien propone algo diferente a sus preferencias emocionales. Bien mirado, esta actitud es esperable en adolescentes que buscan la patota, que se fanatizan con bardos de turno y se organizan en hampas para destrozar lo que consideran amenaza, pero una persona con derecho a voto ya es adulta, no es adolescente, al menos en teoría… ¿Es que debemos reconocer un cuadro de inmadurez colectiva, de eterna adolescencia, una vocación de malcriados con pataleta?

El voto no es un fin en sí mismo, aunque se le presente como fin al asignarle el carácter simbólico de expresión popular o democrática; el fin, entonces, es la expresión soberana de la sociedad organizada, y el voto un medio para conseguir este fin; este medio nos aparece a la razón como el único existente, pero en cualquier caso es perfectible y pueden existir otros. Lo importante, trascendiendo el voto y el candidato, sigue siendo la conducción de la institucionalidad comunitaria: debe restaurarse un sentido de proporción entre importancia de nuestra institucionalidad y cualidades del conductor de ésta.

Ideologizar el voto es convertirlo en un fin en sí mismo, separándolo de la soberanía que representa. La comunidad humana organizada perdió soberanía gradualmente a manos de pequeños grupos que acapararon y concentraron poder político y económico. El miembro de la comunidad que no pertenece a camarillas tiene libertad de consumir pero cada vez menos de producir y comerciar, o elevar sus propias candidaturas. No tiene libertad de realización cuando sus ingresos son calculadamente mínimos, y se le ha vendido un modelo de vida artificialmente caro que exige una deuda cuyo beneficio va a pocos. Este ser humano está siendo ordeñado por estas camarillas, y no tiene el poder de detener el proceso de descomposición de su libertad; posee, por ejemplo, una enorme riqueza, los fondos de pensiones, pero no puede controlarlos ni endeudarse con cargo a sus propios ahorros, porque estas camarillas los administran, se benefician de su rentabilidad, y tienen el usufructo exclusivo de su colocación, dejando a sus dueños migajas de beneficios.

El candidato impuesto por la partitocracia, una vez conseguido el cargo por sufragio universal, no defiende los intereses personales ni comunitarios, pues su conflicto de intereses es resuelto por la parte débil de la cuerda, orientando su mirada a intereses partidarios o grupales económicos, sus obscuros mandantes. Atrás queda el bien comunitario. Tampoco representa ideología alguna, aunque le sirve de muleta electoral, pues él tiene sólo una dirección posible: aumentar sus cuotas de poder. Así, al deseado pragmatismo altruista que construye bien común se le superpone, en abierto y contradictorio conflicto de intereses, el innoble artificio de la oligarquía organizada en estancos llamados partidos políticos.

Las palabras “popular” y “democrática” son típicamente ideológicas, es decir interpretaciones subalternas de un valor mayor antropológico que no depende de una formulación teórica: “comunidad” y “sociedad”. “Popular” es una máquina ideológica que intenta enemistar a “pueblo” con “poderosos”, peyorando históricamente a aquellos por su posición política, social, económica, racial o familiar. “Democracia” podría pensarse como un ideal, pero en los hechos es una palabra manchada de hipocresía amparada tras votos conseguidos en comicios manipulados con medios masivos. La validez superior de “comunidad” y “sociedad” es innegable, pues sostiene la organización formal social de una verdad que conviene a todos quienes integran la sociedad; sin “comunidad” y “sociedad” sanas, el voto no tiene dignidad alguna, insulta a quien es llamado a votar, como veremos ahora. Se ha sacralizado “democracia” con cargo a la comunidad; ahora debemos hacer el camino inverso.

Hay una comunidad que se comprende a sí misma como dueña de su institucionalidad, y hay personas mandadas por ella para ejercer cargos de representación. ¿Se comprenden estos cargos de representación como “autoridad”? No en sí mismos, ya lo hemos visto anteriormente, el atributo “autoridad” deviene de la calidad moral e intelectual de un ser humano; la elección para un cargo no es prodigiosa, no puede aportar milagrosamente esa calidad. El sufragio universal, entonces, no “unge” ni “sacraliza” al electo. Un policía tampoco es “autoridad” en un sentido propio, sólo lo es en tanto que representa a la ley, pero la ley tampoco es “autoridad”, sólo es norma; lo mismo vale para jueces y legisladores, y en general para todos. He aquí el primer y más grave vacío político y social: proporcionar el candidato a la carga que se le impone y la grandeza del ideal social que representa, no al beneficio egoísta o narcisista del cargo que se ambiciona.

Es ideal la aspiración ciudadana a elegir representantes cuyo liderazgo se sostenga de “autoridad”, es decir, que sean reconocidos mayoritariamente por su calidad moral e intelectual; un ciudadano electo que ostente esa virtud podría justificar celebrar al voto como “fiesta republicana”, pero tan gran alumbramiento rara vez ocurre de un tiempo a esta parte. En general es a la inversa, y de manera perversa: políticos y pueblo votante, escisión entre estructuras oligárquicas y asistentes al espectáculo sin otro derecho político que una raya en una papeleta. Si estas camarillas oligárquicas han probado hasta la saciedad, históricamente, su vocación de cartel y su incapacidad para captar liderazgo de verdaderas autoridades, no se comprende insistir en su legitimación social.

La calificación más certera es usurpación: una cúpula rapta libertad política y otra libertad económica, en propio beneficio; por fuerza ambos dependen entre sí, y por tanto están destinados a relacionarse y concentrarse. Son oligarquía porque no son propiamente aristocracia, es decir, el incentivo a obtener el beneficio del cargo se superpone a la intención de asumir dignamente la carga de ser autoridad; no aportan grupalmente autoridad o valor admirable en lo intelectual, ético o moral. Están léjos de constituir élite. Cuando utilizan con profusión las palabras “libertad” y “democracia”, al mismo tiempo son responsables directos y sostenedores de la dictadura partitocrática. Son enemigos irreconciliables de la élite, pues en ella está la más inalcanzable amenaza a sus intereses. Denuncian sin pudor su intención oligárquica al usar la palabra “pueblo”, distinguiéndose arbitrariamente como ungidos para gobernarlo, desconociendo que ese “pueblo” no es otra cosa que la comunidad que constituyó sociedad y que los sustenta pacientemente por razones aún pendientes de aclarar.

Tras esta petulancia, arrogancia, soberbia y pedantería partitocrática hay un perfil de ambición personal desmedida, propio de advenedizos al dinero y al poder, peligrosamente mareados con los siniestros encantos de las alturas sociales. Unas pocas décadas de dinero, a lo sumo un par de siglos, y otro par de décadas rozando el poder, bastan para que engolen la voz con actitud de ungidos por algún profeta para regir los destinos de la “chusma inconsciente”. Estos ungidos no son élite, son en realidad quienes bloquean a líderes de élite, a verdaderas autoridades intelectuales y morales, para evitar que ellas representen a sus comunidades. Con malas artes, intrigas y calumnias, la partitocracia se destroza entre sí y se une para destrozar a quienes, desde una posición independiente y una mayor capacidad objetiva, amenazan su estanco de poder. La partitocracia es, en sí misma, el problema.

Esta megalomanía sostiene la absurda tesis de la profesión “político”, artificio inexistente. Todo ciudadano es propiamente “político”, nadie puede arrogarse una “especialización” en esta línea. Esta justificación ideológica de la partitocracia se ha derrumbado, quedando a la vista que ninguna idea venida de la academia o de caudillos vociferantes debe arrebatar a la comunidad organizada socialmente su libertad. El conflicto de intereses entre las prioridades partitocráticas y esta comunidad es cada vez más abismal: organizaciones sin transparencia interna se disputan un poder que no les perteneció nunca, porque es patrimonio de la comunidad libre. Ninguna ideología puede ya sostener argumentalmente el derecho de alguien a concentrar poder que no le pertenece, aduciendo que es experto en ello.

La reciente elección ha mostrado las verdaderas garras de esta escisión entre partitocracia y comunidad. Los políticos, asustados de la despreciable legitimidad que les ofreció sólo un 40% de los ciudadanos con derecho a voto, insultan al 60% restante acusándolo de no cumplir su deber cívico, y de malagradecidos por no participar de esta “fiesta republicana”; también se acusan entre sí con mutuas recriminaciones destinadas a debilitarse electoral y políticamente: el país entero mira atónito a cuervos disputarse carroña. Alguno, iluminado y pacificador, eleva su voz de ungido para el tímido “mea culpa”: ofrece como solución que los actuales oligarcas reencanten o seduzcan.

Notamos poco rigor, poca seriedad, poco amor a la verdad y amplitud de mirada. Aún no perciben la gravedad de la situación: no constituyen liderazgo ni autoridad, en lo personal, y la partitocracia ha llegado a un punto de no retorno en su descrédito comunitario; caminan a orillas del abismo, cercados por anhelo de libertad política y económica de la comunidad que dicen liderar. No importa qué tan alto estén, la mayoría de los votantes ha hablado un lenguaje duro, ha pronunciado un “no” rotundo, 60%, que podría estar inspirado en la indiferencia o flojera de acercarse a votar, o en el enojo de uniformados, o en reacciones térmicas y hasta anárquicas a la dictadura partitocrática, o en quien sabe qué, nadie sabe a ciencia cierta. Sólo se tiene a la vista este “no”, más de 6 puntos arriba del “no” de 1988. Es tal vez un “no” a las personas encerradas en estas burbujas partitocráticas y un “no” a la partitocracia en sí misma; es quizá un “no” a la falta de libertad económica y comercial… o un “no” aún inasible cuya raíz es la falta de libertad, de dignidad, de oportunidades y de valores altruístas. Pero es un no, y es un voto.

Es un “no” a votar, en definitiva, porque el voto no es, insistimos, un fin sino un medio. No se puede validar una dictadura con urnas llenas de votos a favor válidamente emitidos; el votante comprende que acercarse a las urnas ofende a su dignidad humana, pues se le miente y manipula, se le extorsiona y presiona éticamente para que legitime con el voto una dictadura cuya validez desapareció en el instante que la oligarquía perdió el pudor en su afán de concentrar poder y riqueza. Puede ser legal todo este circo, pero no es válido, porque libertad y democracia no significan lo mismo para la cúpula que para la comunidad. Libertad y democracia deben ser verdad, no pueden ser marionetas controladas por unos pocos que embrutecen a los habitantes de la caverna. Afuera de la caverna espera una realidad que los titiriteros ya no pueden esconder, con la tinterillada de haber sido electos por una cantidad ridícula de votantes. Esta elección debió anularse y repetirse con otros candidatos, esta elección nos avergüenza.

Los oligarcas y sus partidos políticos son el problema. Aunque cambien corbatas por humitas, cruces y hoces por compases, y vehículos a combustión por bicicletas, aunque salgan a las calles a regalar dinero de los impuestos, no reencantarán. Lo que falta se consigue con trabajo duro desde la cuna: progreso intelectual serio, integridad moral, carácter y voluntad, disciplina y valores éticos, austeridad, y al menos la suficiente tradición para inmunizarlos contra los encantos del dinero y el poder. Nadie será élite por arte de encanto, no lo logrará en una reencarnación, por así decirlo. Entonces quienes participan de esta usurpación no deben ser elegidos nuevamente, deben ser reemplazados.

Nuevos candidatos deben generarse fuera de los estancos partitocráticos, asumir sus funciones sólo por un periodo, para luego dejar paso a otros. La única manera de reemplazar en paz a la partitocracia es asfixiarla con candidaturas independientes. Si la comunidad define a sus próximos candidatos de entre los más capaces en todo sentido, de entre los más dignos e íntegros, y asegura sólo una parte de los votos rebeldes, ese 60%, los partidos políticos dejarán de existir, perderán todo su poder. El error del pasado fue proscribirlos; hay que aprovechar este 60%, tal vez la mejor noticia política de nuestra vida republicana en siglos, para devolver a la comunidad organizada socialmente sus libertades políticas y económicas; y, una vez libre, proscribir como un grave delito toda maniobra destinada a monopolizar bienes superiores.

El objetivo primordial de la reforma que se solicita es devolver la libertad a la comunidad, y consagrar la condición de “autoridad” como necesaria para liderar la institucionalidad; a nuestro mayor bien destinamos los mejores de entre nosotros. Quienes, desde su inmadurez, sostengan actitudes primitivas, toscas y adolescentes, podrán intentar individualmente o en patota controlar, seducir, encantar; a ellos les manda el instinto, como a cualquier garañón que de nobles brutos quiere sacar mulas; pero ellos ya no podrán ser elegidos. Tampoco podrán tomar para sí la palabra “político”, porque la comunidad entera es “política”, ella delega responsabilidad social en líderes pero no renuncia a esa calidad ni permite que alguno la capitalice en propio beneficio. Vivir en comunidad no es fácil, hay diferencias constantemente, pero la reforma que urge busca anular todo intento de acceder al poder a quienes por acción o doctrina dividen a la comunidad.

Algunas personas de élite figuran en las nóminas de esta partitocracia; son de enorme valer intelectual y ético moral, de gran capacidad de liderazgo; ellos han elegido en conciencia, válida y legítimamente, cooperar a mejorar nuestra patria desde dentro, con el más estricto apego a nuestro errado marco institucional; su integridad es sólo empañada por su membrecía en alguna cúpula oligárquica. Si cumplen la definición de cargo y, además, tienen la experiencia, es imperativo rescatarlos individualmente, uno a uno, para enfrentar elecciones independientes. La cuestión es si esa apabullante mayoría, ese 60%, confiará en ellos.

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