anteriores al 2016

Un negocio que no comprendo

Como ya he mencionado varias veces, soy un ser por esencia curioso y que gusta de entender las cosas que suceden a su alrededor. Esta curiosidad con algunos derroteros extraños, como querer hacer nitroglicerina en el colegio (con la consecuente cara de espanto y negativa rotunda de profesores), también me ha llevado a cuestionarme muchas cosas, a hacer y hacerme preguntas y sobre todo, a leer harto e intentar informarme de los más variados temas.

Hoy quiero hablar de un negocio que, si bien comprendo, no entiendo. Al menos no llego a entender por qué funciona al revés de los otros negocios y aún así a ninguna autoridad parece importarle, es más, avalan esas conductas y están protegidas con la legislación actual.

En esta diatriba me referiré especialmente a los bancos. Sí, esos que normalmente nadie quiere pero que casi inapelablemente participan de nuestra existencia. Nadie dudará que los bancos son necesarios, puesto que si no tengo dinero para comprar mi casa al contado, pues ellos gentilmente me la prestan a una determinada tasa, por un determinado número de años.

También son necesarios para las transacciones grandes. Recuerdo una anécdota en una reunión de trabajo, sobre unas personas que hicieron una gran compra en otro país de este rincón del mundo, en el cuál pusieron serios gravámenes sobre los cheques; debido a esto se debió hacer la operación en efectivo, lo que significó varios viajes de camiones blindados y alrededor de una semana contando billetes. Comprendemos que esa lógica no podría funcionar en operaciones cotidianas entre empresas o gobiernos y ciertamente es necesaria la intervención de “canal” como es un banco.

Estos días por hoy tampoco resulta sensato tener nuestro beneficio pecuniario bajo el colchón. En eso sin duda los bancos resultan sumamente prácticos puesto que podemos disponer de dinero, físico o plástico, donde estemos, y no es necesario volver a casa a reaprovisionarnos.

Hasta ahí vamos bien, ellos brindan un servicio cuya importancia y necesidad depende de cada uno, puesto que aún mucha gente prefiere el dinero contante y sonante o, la verdad, tienen una economía de subsistencia, lo que claramente no aplica para estas magnánimas instituciones.

Para que se comprenda mejor, un banco es (y su concepto nace) por la necesidad que tenía la gente de guardar su dinero físico en algún lugar que consideraba más seguro que su propia casa. Estas nobles instituciones se crearon con ese fin, son algo así como un “chanchito” gigante. Al poco tiempo dichas instituciones (o chanchitos, según sea su cariño) descubrieron que además podían hacer ciertos negocios con ese dinero que la población tan alegre y voluntariamente entregaba. La ecuación es sencilla: tengo mucho efectivo, puedo hacer todas las cosas con eso, ganar un dinero extra mientras mis clientes no me pidan ese dinero. Obviamente, si llegan todos juntos a sacar su dinero, pues se acaba el banco tal como, por hacer una analogía, la planta de Freirina (a propósito de chanchos).

A estas alturas creo que se comprende el negocio, en líneas gruesas y generales los bancos son depositarios de los dineros de las personas o países, y lo prestan a otras personas o países a cambio de una recompensa económica traducida a un interés según el riesgo del solicitante. Listo, definido su negocio y sin tanto enredo.

Como dije, hasta aquí todo se entiende bien y no hay mayores contratiempos en estas definiciones. Lo que realmente no entiendo es el costo asociado a las cuentas bancarias.

En virtud que uno como persona –incluyéndome, pues soy un trabajador apatronado y asalariado que utiliza bancos-, le presta dinero al banco para que lo guarde y, mientras no lo necesite él haga el negocio que quiera (siempre y cuando si lo pido de regreso me lo devuelva), mi duda es: si yo le presto dinero al banco, ellos claramente ganan dinero y mucho gracias a lo que yo generosamente les otorgo en custodia, ¿por qué me cobran cargos por cuentas y servicios?

A mi buen entender aquí el acreedor soy yo y el banco es un deudor. En mi calidad de acreedor más encima se me cobra por deberme dinero que me gano con no poco esfuerzo; además ese dinero ni siquiera se reajusta por IPC (o sea mi minúsculo patrimonio es cada vez más exiguo). Cuando esto se me vino a la mente por suerte estaba sentado. Me sentí timado, es un verdadero cuento del tío disfrazado de mármol y gente con corbata. Aún me siento igual puesto que me siguen cobrando sin ningún asco.

Dada esta situación, lo mismo aplicaría con los robos que uno sufre por las estafas electrónicas y clonaciones. El dinero no me lo robaron a mí, se lo robaron al banco. ¿Por qué uno como acreedor debe pagar esa cuenta si ellos no cuidaron lo que yo les presté? Por poner un ejemplo, si pido un crédito en una sucursal y a la salida me lo roban (tan contento que iba), y regreso a decirle al banco: ¿sabe qué?, no les devuelvo ese dinero porque me lo robaron, tengo más pero realmente justo ESE era el suyo y no se los pienso devolver. Esa imagen me recuerda un cuento con unos pollitos.

¿Me entienden por qué no entiendo?

Quizás en eso pensaba el sujeto que quiso poner una bomba y por decirlo de alguna forma le salió el tiro por la culata. No digo que sea terrorista, quién soy yo -común mortal- para poner en tela de juicio lo que diga una Ilustrísima Corte. No digo que comparto lo que hizo, bajo ninguna circunstancia, pero a la luz de estos antecedentes se comprende su enojo (aunque difiero completamente en el método utilizado para expresarlo). Menos mal que este joven venía, hasta donde sabemos, de una familia sin problemas económicos.

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