anteriores al 2016

La Herencia que no quiero

Las herencias siempre han sido puntos de inflexión en la historia de la gente. A veces son un premio, otras veces un castigo. Quién no ha escuchado los temores de algunos en contrariar a sus padres puesto que los “sacarán” de la herencia (por favor lean algo de Leyes). O familias deshechas por pelearse unos cuantos pesos o muebles que quedaron de alguien. También hay herencias buenas, como el cariño que nos dejan algunos en el camino.

Hoy hablare de una herencia que si bien está a la mano y puedo tomarla, no la quiero. Eso no signifique que ignore su existencia, todo lo contrario, me esfuerzo por conocerla mejor. Pero simplemente no la quiero.

En esta columna hablo única y exclusivamente a título personal, sólo personal y nada más que personal. A qué viene esta explicación, pues simplemente puedo hablar por mí mismo y por nadie más, no he recibido ningún mandato ni autorización para hablar en nombre de nadie. Nada más simple, ¿cierto? Así mismo tampoco he pedido que alguien hable en mi nombre, nunca. Y no es que no vote.

Pues bien, debido a diversas circunstancias asociadas a noticias recientes que han pasado sin pena ni gloria por nuestros insignes noticiarios, me he puesto a reflexionar acerca de algunos acontecimientos ya no tan recientes pero tampoco tan antiguos.

Vamos al grano.

Este país, como todos los del resto de la faz de la Tierra, carga heridas, muchas heridas. Algunas ya viejas y cicatrizadas (sin embargo la cicatriz a veces pica y molesta), otras heridas no han cerrado del todo, otras aún sangran. Lo que ha llamado la atención de este humilde nadie, porque en términos estadísticos, económicos y sociales eso soy, es que hay gente empecinada en no permitir que ciertas heridas cierren. De niño recuerdo que me decían que las cicatrices no se debían rascar puesto que no cicatrizaba nunca y además quedaba fea. Era un niño obediente (pobre de mí que no lo fuera) así que hice caso a dicho mandato.

Con los años he aprendido que esto no solo vale para las lesiones en este órgano que nos cubre por completo, también aplica en una abismante cantidad de cosas más cotidianas. Eso incluye las heridas afectivas (bien sé cuanto duelen), las heridas sociales (también las conozco muy bien) y las heridas con nuestra propia historia, sea ésta personal o colectiva.

Debo confesar que ha sido buen ejercicio el dejar que las heridas sanen. Algunas tardan más que otras, las cicatrices, por pequeñas e imperceptibles que sean, siempre sabemos que están ahí. Nos recuerdan algo, un dolor, una aventura o incluso una alegría, son parte de nuestro ser y nos marcan en forma indeleble nuestro aprendizaje al futuro. Debemos aprender de ellas y ciertamente nadie quiere volver a tener heridas, y más cicatrices. Dulce paradoja pues nos estamos hiriendo constantemente. El secreto es herirse por cosas nuevas, no por las mismas razones que antes.

Una de las grandes heridas que nuestra angosta faja de tierra ha tenido en el último tiempo es la asociada a los eventos de los años 70, que continuaron hasta fines de los 80 y ha seguido presente hasta hoy.

Yo nací a fines de los 70; cuando las cosas volvieron a la “normalidad” era aún un niño, y como niño veía el mundo con esos ojos. El tiempo me ha dado ojos de adulto, al mismo tiempo que juicio de adulto. Mirando hacia atrás quise ser imparcial, confieso que no ha sido fácil. Todos hablan de cosas atroces, por todos me refiero exactamente a eso, todos, de todos los lados. Esas generaciones cargan una pena enorme por un momento en nuestra historia donde la vida humana y el respeto mutuo se vieron sobrepasados por la violencia, la polarización y el descontrol. Había gente bien trajeada que se supone debía controlar eso, pues para eso están. La mayoría hizo vista gorda y unos pocos aprovecharon el festín. Se dividió a mi país, lograron que se hicieran enemigos entre hermanos (sanguíneos y coterráneos), se generó un ambiente tal que finalmente la violencia llamó a la violencia. Me imagino una ruidosa fiesta donde además todos gritan, hasta que alguien llega y muele la radio a palos. Después de eso, el silencio.

Hubo muertos, heridos, perdidos, arrancados, desplazados, amedrentados. Algunos celebraron. Esto continuó muchos años, finalmente terminó y como ya dije antes, volvimos a la “normalidad”. He trabajado harto en tratar de reconstruir ese período y confieso que me ha resultado muy difícil. La polarización era tal que aún revisando los textos y testimonios de aquellos 25 años, donde matar al prójimo era lícito y hasta normal, me cuesta encontrar material que me permita hacer un juicio justo. Ya hemos visto lo que ha pasado hace no poco tiempo.

Pensé que la herida había al menos cicatrizado, pero cada día me encuentro con más gente evitando que se cierre. La quieren sangrando por siempre. Los que vivieron esos años ya no están tan jóvenes, muchos incluso ya han partido. Sin embargo veo un trabajo desesperado por pasar el testigo a las generaciones que siguen, que las cosas no se olviden ni perdonen. Jamás he estado a favor del olvido, pero habrá un momento en que tendremos que aprender a perdonar. Yo al menos perdono, sino mi vida sería miserable, llena de culpas, odios y resquemores. Esa no es vida.

¿Por qué se esfuerzan tanto en pasarnos esa herencia? Yo no la quiero, ese fue un problema de ustedes, no mío. Así como los problemas de mis padres me podrían afectar, son problemas de ellos y no es deber de los hijos seguir la misma cantinela.

Ustedes fueron incapaces de gobernarse, fueron incapaces de ser gobernados (sin embargo fueron vilmente manipulados), fueron incapaces de ponerse de acuerdo. Ahora resulta que es deber nuestro cargar con sus incapacidades, errores y heridas. Eso no me parece justo. Quiero cometer mis errores, aprender de ellos y de los de ustedes, no volver a cometer las mismas atrocidades anteriores. Sin embargo no es mi deber cargar con la culpa y los odios que se generaron en aquellos años y que aún no son capaces de terminar, ponerse de acuerdo y descansar en paz.

Ya basta con esto. Dejen que las nuevas generaciones vivan su historia como mejor le plazca, resulte lo que resulte. Ustedes tuvieron esa chance, ¿por qué nosotros no la podemos tener? Si la cagaron pues lo siento, no es mi culpa.

Respecto de esto no espero nada de ustedes, sólo confío en que algún día recapaciten, reflexionen y finalmente hagan paz. Viene siendo necesario, ¿no creen?

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