anteriores al 2016

Votos, Votantes y Oligarcas

Dos miradas posibles a los procesos electorales, una abstracta e ideal, que define sentido del ejercicio de votar, se encuentra con otra concreta cuyos rasgos nada ideales pueden llegar a contradecir su sentido abstracto. El matrimonio mal avenido entre lo abstracto y lo concreto puede derivar en divorcio entre los grandes señores de la política y los votantes: ¡crisis institucional!

Muchos -de sensibilidad rococó- declaran durante las elecciones “fue una fiesta republicana”, “fue impecable”, porque no hubo muertos, heridos, contusos ni urnas manipuladas, ni votos falsos. A esos les replican ojos críticos: quienes rehusan votar, anulan su voto, o están traspasados por la ardiente espada de ideales reñidos con la triste realidad de la debilidad humana; para éstos sólo cabe vergüenza. Ambas “verdades”, forma y fondo, conviven pacíficamente mientras hay pan y circo.

Nuestro apego al estado de derecho y a las instituciones que lo sustentan no es precisamente ideal, pero aún gozamos de cierta inercia legalista porque la norma nos parece, por alguna atávica razón, importante e interesante, gravitante en nuestras vidas, útil o, tal vez sólo simbólicamente, un destello de orden en medio de tinieblas caóticas. Pero nuestra cultura no despierta a razones que sustenten por principio la existencia de normas, o sentido, o “espíritu de la ley” en cada caso particular.

No debe sorprendernos, por ello, el espíritu ovino de los actos electorales y las frases cliché de los sumos sacerdotes de turno. El voto aquí tiene más de venalidad que de madurez política (de ninguna otra manera se explica buena parte de la obsesión encuestocrática y el detestable populismo de candidatos y “autoridades”); la extraña estabilidad de los resultados electorales se explica también de manera lamentable: espíritu tribal, similar a la adhesión de un hincha por sus equipos de football. Ni venalidad ni emocionalidad tribal, convendremos en ello, se aproximan al significado de “republicano”… ¿o es que este ser “republicano” tampoco es sustentado racionalmente?

Para nuestra desgracia las proporciones estables que tocan a cada conglomerado político tienen otra explicación: son los únicos, son hegemónicos, son monopolio del acceso al poder; representan, en definitiva, un principio indeseable en la teoría: oligarquías, pocas personas que han decidido controlar a muchas. Matemáticamente es imposible que varíe la proporción, porque nadie fuera de ellos tiene acceso a competir.

El voto es ahora una joya cautiva. Cuesta recordar que la dignidad de esta joya reside en esa libertad perdida en manos de unos pocos. Rescatarla y devolverla a sus dueños, depurar las vías por donde transita, es el camino correcto; los nuevos proyectos de ley son muy tímidos, si se quiere ser amable, en su defensa.

El espíritu oligárquico tiene varias explicaciones. A la primera, es connatural al ejercicio del poder el deseo de retenerlo; de nada sirven las protestas airadas y resentidas contra los actuales ungidos, pues en cada nuevo plebeyo que trepa hasta su cuota de poder nace otro reyezuelo más, un nuevo señor que derramará sangre por asegurar su cetro para varias generaciones, hasta en los más mínimos cargos (¡hasta en los coros de las Iglesias!). A la segunda, grandes ideales consumen, como fuego sagrado, las almas de personas que abren alas para proteger a sus tiernos y desvalidos polluelos -a la sazón todos quienes habitamos este territorio-, sin caer en cuenta que sus beatíficas e iluminadas intenciones tienen más de arrogancia, petulancia y desprecio por “la plebe” que de real interés por el bienestar de los “súbditos”. A la tercera, corrupción y más corrupción, cuotas de poder que protegen, afianzan y dan sustentabilidad a intereses particulares con cargo a los intereses sociales y comunitarios. Ni alianzas ni concertaciones los diferencian en ese detestable feudalismo republicano.

Mencionemos sólo estas tres causas de oligarquía… ¿Cuál es peor? Será innecesario gastar tiempo en responder esa pregunta, porque hay otra que sostiene este artificio oligárquico, cuya respuesta es sospechosa si proviene de los actuales señores: ¿esto es, efectivamente, lo que nos protege de un escenario impredecible? La campaña del terror basada en la clásica respuesta es falaz, pues la alternativa al poder oligárquico no es necesariamente la anarquía o el fascismo. En cualquier caso, la respuesta debe venir del derecho público, y su implementación requiere el voto de los actuales representantes, todos interesados en conservar el cetro; ¿cómo, entonces, lograr que los actuales oligarcas renuncien a cobrar tan caros peajes a quienes deben transitar los caminos del poder?

La máquina democrática se aceita con votos. Se cita como “prueba” típica de “la indignidad de la plebe” para acceder a decisiones trascendentales, a la clase de personas que votan por su misma clase, y aquí no hablamos de clase social (¿o es que son engañados?). Seamos justos, no todos son ambiciosos sinvergüenzas, ignorantes, incapaces, débiles (todos tenemos algo de ello en algún grado). Pero que haya gente indigna de su cargo debe llamarnos al orden con paternal severidad: la maquinaria estatal gasta recursos humanos y financiamiento en la baja intriga política, más propia de la peor ralea que de líderes; dentro de esa olla grandes señores y sus sicarios hierven en cuotas de poder para su repugnante festín de mutua antropofagia. Unos creen en esta mascarada, otros la detestan y no quieren oír más.

Así tuvimos, gracias a la experiencia del terremoto, la wagneriana visión de un país donde las cosas funcionan porque Dios es bueno con sus hijos y hay hijos muy buenos, no precisamente porque en puestos clave había personas preparadas; al contrario, subrepticiamente y bajo cuerda los oligarcas habían convenido en lo práctico de utilizar los puestos públicos para sus operadores políticos. ¿Qué es un operador político? Es un novicio de oligarca, cuyas tareas prioritarias se dividen trágicamente entre lo que le manda la ley y lo que le manda el gran señor al que sirve; podemos adivinar dónde pondrá el novicio sus huevitos para alcanzar algún día el cetro, y a quién brindará su obediencia: si al impersonal aparato estatal tan burlable, o a su lord protector. He aquí la maquinaria de los votos, he aquí la tan notable forma que “hemos elegido” para gobernarnos.

Así finalmente tenemos que la gran dignidad republicana del voto disuelve su sentido y objetivo esencial en el ácido de las ambiciones y pasiones individuales, por un lado, con el resultado esperable, por el otro, de pésima gestión pública. Si en lo abstracto bien, en lo concreto mal. ¿Porqué entonces alguien podría interesarse en votar? De noble profesión nada, por ahora, si hasta los más inmaculados y egregios deben destinar sus mejores esfuerzos a la pérfida intriga que tranca los engranes del ideal republicano.

Cada día hay más conciencia de los demonios que rondan a la actual cancha partitocrática. Aspiramos a que este neo feudalismo basado en liderazgos equivocados sea del todo reemplazado por gente capaz, sabia, prudente, intachable; dicho de otra manera, buscamos pavimentar los caminos del poder para los virtuosos, y empedrarlo para los inicuos. ¡Éstas son verdaderas reformas! La figura de partido político está sobrevalorada, pues se sostiene de teorías discutibles mientras su realidad se derrumba ante la evidencia práctica y concreta de falencias y peligros.

Está claro nuestro norte: gente capaz en el aparato estatal a contrata, y gente muy capaz en los puestos elegidos de liderazgo; ese es el objetivo que justifica la existencia de partidos políticos -no son un fin en sí mismos-; los capaces no son nada, políticamente, sin un mandato amplio social, pero la estructura oligárquica impide dar transparencia a esos amplios mandatos, si acentúan el conflicto por sobre la sinergía y raptan el voto. ¿Será mucho pedir? Bah, todo se puede con voluntad. Excepto que alguien afirme la vía revolucionaria, supondremos que algo es arreglable por la vía institucional, porque en ese quicio ejercemos el sagrado deber de preservar la paz social… aunque tal supuesto tiene algo de prejuicio naïf o al menos ingenuo, si no pueril.

Esa oligarquía sustentada por un voto infantil, irreflexivo y vergonzosamente pasional que vende su voto libre a cambio de beneficios públicos, desaparece si logramos reeducar en un protagonismo adulto constructivo, que sostiene a la comunidad y sociedad; esto es fácil, se requieren unas pocas décadas, tal vez un par de siglos, no mucho más. Logrado un votante proactivo, constructivo, sustentador de sociedad, ya será poco probable que éste se trague anzuelos oxidados. Falta para ese día; entonces, una sana cuota de realismo informado, prudencia, paciencia, sabiduría y humildad, alejará disparates revolucionarios o anárquicos, por un lado, y alejará también el pestilente conformismo y abnegada resignación con “lo que hay nomás”.

Aquí se necesita acción concreta adulta más allá del voto, y la primera prioridad es levantar enérgicamente nuestras voces para evitar que nuevos proyectos de ley entreguen más cuotas de poder a los partidos políticos, pues al menos entendemos con claridad que esa es la dirección inversa al ideal que da sentido al voto y a la democracia; hablando de claridad, debemos despejar toda sombra de duda sobre a quién pertenece el poder delegado en representantes. Soñar la renovación de candidatos en las próximas elecciones sería demasiado, por ahora.

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