anteriores al 2016

“La Cuestión Social”

Algunos años atrás celebramos con un gran hombre en Lima, Perú, un diálogo acerca del efecto que tendrían las grandes tiendas recién instaladas allá en el endeudamiento privado suntuario de personas económicamente vulnerables.

Expliqué entonces que ellas dirigían sus esfuerzos a conquistar el mayor margen posible de endeudamiento de pequeños pagadores, entre ellos los recién llegados a la vida adulta; en esta operación, tras el aparente beneficio de acceso a bienes suntuarios, había un elemento perverso: tentar con bienes a gastar dinero aún no ganado, y luego cobrar un alto precio por la venta de dinero anulando la aparente baratura o facilidad en el acceso a bienes.

Como efectos de esta operación comercial mencioné que una sideral asimetría en las economías de escala dejaba fuera de competencia, por definición, al comercio detallista haciéndolo desaparecer, ¡concentrando la riqueza por la vía del monopolio!; por otro lado -el lado del deudor-, superado cierto nivel de endeudamiento, el pago de mensualidades prácticamente no dejaba dinero disponible para una subsistencia digna, para formar familia o criar hijos propios o ¡para educarse! Entonces, apelando al hambre de bienes (explotando causas nefastas de esta compulsión como el narcisismo), se hacía un daño objetivo al desarrollo personal, familiar y social (se provocaban tensiones tremendas entre cónyuges, se incentivaba el abandono de los hijos…), que por invisible no era menos grave.

Conscientemente, el interlocutor me replicó que los deudores acceden al desarrollo gracias a estos “retails”, y que se crean puestos de trabajo. Desarrollo = acceso a bienes suntuarios. Tras esta visión “naïf” se define “bienes” como objetos tasables, ofertables en mercados de algún tipo, y “riqueza” como la capacidad de acceder a estos bienes. ¿Otro problema ético? Pues sí, y bastante duro de resolver. Sólo podía encogerme de hombros y esperar que el daño hecho explicara de mejor manera lo que tan pobremente intenté advertir.

Es vano usar palabras como “bienes” o “riqueza”, y al mismo tiempo negarnos a reflexionar sobre su contenido. ¿Dónde acudir para comenzar la exploración? En su origen ético o moral.

El marxismo descalifica toda moral como instrumento fabricado para favorecer a las clases dominantes, a quienes califica de ¡inmorales!: critica al capitalismo en razón de su inmoral explotación y dominación de hombres, sosteniendo que se apropia indebidamente de la plusvalía que aporta el trabajo individual. Su solución ofrecida es una sociedad “justa” en lo distributivo, porque provee acceso igualitario a bienes.

Como prejuició un supuesto ético negativo contra todo hombre, a saber, que la acumulación y control del capital o poder se originan en un egoísmo connatural inevitable, la ética marxista, junto con condenar a priori a todo quien represente riqueza (empresario), exige prohibir la propiedad privada; consecuente con ello, propone un Estado poderoso que sustituye la libertad individual uniformando y arbitrando el tráfico y destino final de los bienes económicos… aunque no resuelve la cuestión del poder, pues alguien finalmente lo recibe en sus manos, y es un gran poder llamado dictadura del proletariado (que controla medios de producción), representado por una pequeña camarilla que arrebata a los gobernados todo poder de decisión política y económica. Se perciben estas contradicciones junto a una rara incoherencia: “bienes” = bienes de consumo, prédica más bien capitalista.

Queda pendiente, desde luego, el análisis ético de las etapas que conducen a la dictadura del proletariado: la praxis marxista no reconoce valor a la vida ni a la dignidad humana de los enemigos previamente definidos, a quienes reserva mentira, violencia y muerte como medios necesarios para lograr el fin propuesto.

El capitalismo, por su parte, no tiene carácter de ideología en cuanto tal, es decir, no propone o promueve un horizonte moral específico, aunque Max Weber lo asocia a la ética cristiana de origen calvinista; Novak amplía esta visión al horizonte judeo-católico, aludiendo a la creatividad humana como imagen del Dios creador. En los hechos, sin embargo, el capitalismo es una doctrina económica, no pretende modelo ético alguno, y nada prueba que pueda contenerlo; se entiende, entonces, crear y gozar del fruto de lo creado como una proposición económica específica que requiere condiciones de libertad, y entiende al hombre como un ser libre. El sustento ético del capitalismo, finalmente, es la cuestión de la libertad; amoral en sus cimientos, le es propuesto como socio conductual uno u otro modelo ético según la cultura donde se le aplique, con mayor o menor efectividad, dependiendo de qué entiende cada individuo por libertad o por ética. El factor “individuo”, a diferencia del factor “colectivo” marxista, hace prácticamente imposible asignar al capitalismo algún modelo ético universal o común.

El neoliberalismo acentúa esta amoralidad al definirse como modelo realista opuesto a cualquier utopía, y al negar relación con cualquier valor abstracto que desnaturalice su condición de herramienta para el bienestar económico concreto. Las críticas al neoliberalismo, moralizantes todas, apuntan a aspectos deshumanizantes que es bueno considerar por separado. Por ejemplo, la cuestión inicialmente citada en este artículo, no define al neoliberalismo sino a un vicio que lo niega, en tanto restringe la libertad de los individuos: un grupo pequeño de controladores de capital rapta y suplanta la capacidad individual, en propio beneficio. Nuevamente la cuestión ética, que se resolvería aplicando con mayor rigor el modelo neoliberal anulando la conducta monopólica de esos pocos.

Pero, si es verdad que los sistemas pretenciosos de asepsia moral finalmente son por sí mismos causantes directos y promotores de maldad personal y comunitaria (más allá de vulnerables), todo cuanto se predica sobre la administración socio-política de los pueblos exigiría revisión y cambios a la luz de un indeseado actor: alguna ética que horroriza a pensadores liberales, marxistas y oportunistas. Mal pueden socialistas, por ejemplo, criticar la concentración de riqueza en sí misma, pues forma parte del propio ideario. En teoría la diferencia entre la concentración propuesta por el socialismo y la que hemos padecido es ética: pocos abusan de muchos; en la práctica no se puede demostrar, mirando experiencias socialistas, diferencia alguna. Entonces, una eventual muerte del capitalismo a manos de un retorno a la ética es también la muerte de su persistente contrario, el socialismo. Aparentemente sólo quedaría elevar la pobreza a modelo ético económico único, o castigos más severos al abuso de poder, a la usura, a la avaricia y la codicia… pero ¡oh sorpresa!, estas son cuestiones morales.

Las Encíclicas Sociales han sido una herramienta crítica en varios sentidos: han formado a millones de seres humanos en la conciencia de la dignidad humana más allá de lo económico; han criticado modelos políticos y económicos según su adecuación a las necesidades de todos los hombres, con especial acento en los más vulnerables; han acentuado el amor a los más pobres; han arrojado la reflexión político-económica a las arenas éticas… Sin embargo, en sus contenidos, no aspiran a convertirse en alternativa teórica política o económica, porque según declaran no les corresponde; son, por otro lado, un esfuerzo por iluminar las corrientes dominantes con la luz de una fe que profesan sólo algunos, punto que a anticatólicos fascina enrostrar; y, lo más importante, son sólo reflexión, es decir agua en canastos compitiendo con una práctica económica concreta y con quienes unen reflexión-praxis (marxismo). Las Encíclicas Sociales no han tenido aún la fortuna de ser tomadas en serio, en forma organizada y sistemática, por sus destinatarios más interesados -los católicos-, que podrían haber intentado aplicar esas ideas en alternativas concretas creíbles que resuelvan el nudo gordiano entre neoliberalismo y socialismo o entre individualismo y colectivismo.

Pero, con las Encíclicas Sociales, hay algo más: también hay sesgo distributivo, es decir, suponen una riqueza estática a repartir de manera más justa y equitativa, en particular a quienes no tienen. Esta ética distributiva es insuficiente para explicar la debilidad de cualquier modelo propuesto o explicación económica, política o ética de la llamada “cuestión social”. Muchos males políticos y sociales se originan en este sesgo, entre ellos elevar la bandera de la justicia para cometer injusticias atroces.

La globalización, por su parte, es como cualquier moda un panfleto, volador de luces sin mayor sustento doctrinario o ideológico, raigambre cultural ni necesidad intrínseca humana o utilidad aparente. Ha sido vestida de democracia y capitalismo o de unidad de destinos del género humano, pero en general ostenta dos grandes debilidades: no logra esconder su carácter pragmático y oportunista a beneficio de quienes controlan los mercados monetarios y alimenticios, comunicacionales, de metales y energía, de armas… Por otro lado no propone novedad ni solución a la cuestión social; prueba de ello es la situación de África oriental y la postración de los países pobres a los intereses de quienes controlan el proceso globalizador. La globalización ha mostrado una intolerable hilacha de herramienta imperial.

El poder supranacional no se ha alineado con ninguna justicia distributiva, he aquí la cuestión de fondo. Las palabras proferidas en los areópagos internacionales son insuficientes para esconder la ignominia de sus decisiones contra la dignidad de personas humanas y pueblos enteros; sus departamentos caen en manos de facciones ideologizadas que intentan imponer criterios con la detestable bota de la policialización y judicialización internacional; sus diferentes estamentos se muestran obsecuentes a quienes controlan el poder y el dinero. Desde los países pobres o aún vulnerables nadie osa enfrentarlos con valentía por temor a perder el favor financiero, político, geopolítico o estratégico; se ha hecho de esta obsecuencia una cultura provinciana que avergüenza al ciudadano, en cada renuncia a la soberanía y al sustento de cada país para dar el favor a este supra poder. Políticos locales nos han ofendido a todos usando como argumento en favor de una ley que con ella se cumple la voluntad de esas organizaciones. Triste espectáculo.

Las organizaciones internacionales no son el oráculo de Delfos, no poseen omnisciencia ni infalibilidad, y lo más importante, no están por sobre la soberanía de cada pueblo.

Podemos volver a la cuestión inicial: ¿justicia distributiva? Sin horizonte ético observamos que la palabra “justicia” pierde sentido, pues ella lo recibe de lo que entendemos por bien y mal; es desde la ética, también, que podemos precisar “bien” como algo más integral y profundamente humano que “bien de consumo”.

Con “riqueza” ocurre algo similar, su contenido amplio podría confundirnos. Entendida como bienes transables, hemos visto por “riqueza” a la tenencia de tierra, a la sal y al aceite de oliva, a los metales y piedras preciosas y a la utilidad de un ejercicio comercial. Si la entendemos de manera amplia, iluminamos al menos lo que habilita a un hombre a generar o conseguir bienes (la canasta puede ser interminable); la amplitud es necesaria porque, lógicamente, todo bien -como los mencionados anteriormente- es “riqueza” sólo por acuerdo entre personas humanas, o es perecible, no perdurable. Si se quiere una economía sana, se requiere superar el feble nivel de acuerdos cambiantes o de la inexorable finitud de los objetos materiales. Esto, desde luego, vale especialmente para la moneda.

La riqueza, entonces, no debe confundirse con el fruto de ella –bienes materiales- o con acuerdos específicos; ella es, por definición, lo que permite dar frutos o gestar acuerdos.

La capacidad de construir algo de valor objetivo o acuerdos de utilidad comunitaria y social es típica del ser humano; para que éste pueda crear “riqueza” requiere libertad, y no puede ejercerla sin información: educación, es decir conocimiento de sí mismo, del mundo circundante, de las cosas humanas, de las ciencias y artes, de la abstracción pura, de la historia… acompañado de libertad social para la iniciativa individual y comunitaria. Conspiran contra esta libertad toda hegemonía internacional, estatal, comercial o de cualquier tipo que limite, que confunda la información disponible, que bloquee canales de creación y comercialización, o que deliberadamente embrutezca el entendimiento humano promoviendo a las más bajas pasiones como símbolos de libertad humana.

Ese valor objetivo y esa creatividad se expresan de maneras diversas en culturas diferentes: no entienden lo mismo por “riqueza” los Bush, Benedicto XVI, el Dalai Lama y los habitantes hambreados del cuerno de África; estos últimos, sobre todo, están muriendo por una sequía causada por el calentamiento global, y es sabido que no han accedido al “desarrollo”, por lo que podemos asegurar que no son responsables de su sequía. Quienes son responsables, sin embargo, no hacen lo que les corresponde y hacen lo que no deben. Los voluntariados que acuden en ayuda encuentran trabas para que ella llegue a destino; mientras, la gente muere. Personas humanas mueren, entre ellas niños. Nuestra mayor riqueza muere.

Alejando nuestra mirada de los bienes transables, suntuarios, podemos observar bienes no transables, superiores en todo orden, como la vida, la dignidad, la educación e investigación, la creatividad, la laboriosidad y austeridad, la caridad y solidaridad, el honor y el respeto… capacidad en síntesis de generar condiciones dignas y sustentables de vida presente y futura. Son bienes objetivos necesarios de carácter universal, no transables o discutibles, no perecibles y, sobre todo, no tasables ni negociables. Ningún individuo tiene “derecho” o “libertad” de restarse al esfuerzo comunitario que conquista esta riqueza universal, para luego reclamar o exigir “justos” derechos sobre el fruto particular de ella. Distinto es considerar para los vulnerables o incapaces el honorable ejercicio de la caridad, la solidaridad o la subsidiariedad como principio rector comunitario; tales condiciones, sin embargo, deben sustentarse y validarse formalmente acotando con precisión de qué se exime a cada caso particular y en qué grado.

Es lo que llamamos ética de la generación de la riqueza: la vía distributiva, por sí misma, no es nada sin la otra porque, o no hay nada que distribuir, o no hay razón valórica alguna de peso para crear o compartir. Así logramos comprender que la vía distributiva es subalterna a la generativa en el orden lógico. Cuando se predica sólo la vía distributiva, bajo apariencia de justicia y solidaridad se está abrazando un materialismo radical, se está renunciando a enfrentar el mayor mal que subyace tras la injusticia y el egoísmo: una libertad individual a ultranza opuesta contradictoriamente entre seres humanos, o una noción de masa humana uniformada por la restricción a cualquier espacio de libertad para impedirle actuar contra el interés igualitario.

¿Es la ética una de esas restricciones? En el caso del modelo marxista sí, explícitamente. El “proletariado” aparece en un lado como explotado por quienes controlan el poder, o aparece controlado severamente por el aparato estatal dictatorial revolucionario; nunca es libre, siempre está restringido por unos pocos, y en la utopía marxista se le predica no atreverse a montar estructura ética alguna porque, desde “arriba” se le proveerá también esa área, negándole toda posibilidad de acceder a alternativas racionales o religiosas sobre la cuestión del bien y el mal.

En el caso neoliberal, sin embargo, ha ocurrido un fenómeno sorprendente: teóricos marxistas y liberales coinciden en el desprecio abstracto a todo modelo ético, y concreto a todo quien lo represente o sostenga por la razón o la fe. Mucho pensador neoliberal ingresó prepotente con su dogma libertario económico a las grandes esferas humanistas, intentando imponer la asepsia ética de su sistema económico a todo el horizonte de convivencia social y comunitario; sólo admite “creencia valórica” en la privacidad de la propia conciencia, pero la confina severamente a lo individual con estricta prohibición de intentar proponerse a la comunidad o sociedad como universal.

Tanto unos como otros, en este desprecio, han negado con todo el peso de su poder político a cada ser humano y a la comunidad que constituyen, la unidad de corazones y destinos tan necesaria y urgente. Seamos prácticos: aunque así planteado individuo se opone a masa, ser humano no se opone a ser humano ni persona humana se opone a comunidad. La fisura entre individuo y colectivo es sólo ideológica, es un sedimento indeseado de luchas de poder ya podridas; el ser humano post moderno clama por sinergía, pero ésta supone energía individual voluntariamente sumada a la de quienes conforman su comunidad para mejorar el presente y asegurar el futuro. Hablamos, no de “bienes” específicos como una lavadora de ropa, sino del bien general, de ese que a todos alivia el miedo al hambre, a la miseria y al futuro de los que están naciendo.

El motor de combustión interna es una gran obra de la ingeniería humana, pero el piano también lo es; los defectos de uno amenazan la subsistencia de la vida en el planeta, los defectos del otro no. El bien superior es la vida en el planeta, estos dos “bienes” mencionados se juzgan subalternos a ese mayor bien, le son relativos. La bondad subjetiva de nuestras obras se ilumina por su relación proporcional al bien mayor objetivo.

Resulta pueril, histérico y patético, armar pataleta por el uso de las palabras “ética”, “moral” o “deontología” aduciendo reminiscencias arbitrarias y discutibles asociadas a alguna religión o grupo de poder. Quien ponga en su boca la palabra “ética” y, como fariseo, salga por las calles a apuntar a otros con el dedo, será escarbado hasta sus entrañas con la espada de la crítica, eso es esperable. Pero esa es una cuestión personal, que se relaciona con el odio al fariseísmo y al fanatismo. No pueden esas pasiones pueriles detenernos en nuestra reflexión y acción humana libre que, en medio de defectos, se suma a la búsqueda del bien mayor.

Haber anulado el principio de la sinergía, desde nuestra constitución política y por la absurda pretensión de asepsia ética que lo invade todo, asfixia la bondad potencial de las obras comunitarias y sociales, opone individuo a comunidad y sociedad en todo orden, desde lo familiar a lo internacional. ¿Se puede esperar algún bien de tanta mala fe? Difícilmente la humanidad es sustentable en estos términos de convivencia. Estamos ante un mal objetivo, ante un problema ético donde “bienes” subalternos, derechos individuales y directrices de organismos internacionales, se imponen por sobre el interés general y contra él en lo más elemental: la unidad humana basada en alguna noción de bien mayor.

Sólo hay una dirección posible: construir y, en este caso, reconstruir. Un retorno al uso ético de la palabra “bien” nos permitirá de manera simple ordenar prioridades y dejar atrás tanta estupidez pretenciosa que nos castra. El precio de seguir esa dirección es conformar nuestros actos a un horizonte diferente de la libertad prometida por los oráculos individualistas y colectivistas.

Nuestra libertad supone “ser”; no puede ejercer libertad alguna quien ni siquiera puede llegar a ser. La vida, entonces, es el bien supremo. Y en tanto tal, la realización de “ser” en sí mismo y en otros es el patrón que define a los actos como libres o no. Quien afirma sólo su individualidad y no suma su energía creadora al esfuerzo conjunto es menos libre él mismo y hace menos libre al grupo del cual profita bienes sociales; la individualidad a ultranza, entonces, no es sinónimo de libertad sino su antónimo; de la misma manera, la propuesta del colectivismo sólo provee bienes sociales de manera igualitaria y uniforme, pero a costa de pagar el mayor precio: no poder elegir. La elección, propia de la libertad, no puede estar ausente en ningún acto individual, por un lado, y por el otro la comunidad no puede renunciar a considerar el impacto que los actos individuales tienen en ella, juzgando sus efectos en términos de bien y mal.

Cualquier persona, no importando su aislamiento territorial o su ignorancia, es capaz de comprender la mutua dependencia entre todo lo existente, y una buena parte de los seres humanos afirma la dependencia entre lo existente y un origen a quien llaman dios o energía. Podemos negar o afirmar teorías sobre el origen de lo existente, pero de ninguna manera podemos negar la mutua dependencia que nos abraza en un destino común. He aquí el fundamento de nociones básicas éticas, única fuente de riqueza, cuya omisión sólo traerá desgracia; por ello es necesario formularlas, sustentarlas con firmeza en los acuerdos sociales, y castigar su violación.

José Antonio Amunátegui Ortíz

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