anteriores al 2016

Orden y Caos

Las palabras son vehículos que transportan contenidos conceptuales desde quien transmite hacia quien recibe. Reconocer en todo ser humano la capacidad de razón impone a este transporte la condición de bilateralidad; sólo el desprecio a quien percibe o una megalomanía absolutista podría pretender una dirección unilateral. Quien sea agredido con el desprecio o la subordinación absolutista rehusará su inferioridad y reclamará su paridad, provocando fricción.

Las palabras en sí mismas, sin embargo, pueden ser causa de fricción si se les han asignado contenidos equívocos y hasta contradictorios, obstruyendo el viaje de un concepto hacia destino. La ignorancia, el empobrecimiento del lenguaje, su uso abusivo, y la arrogancia invencible de quien ejerce derechos ilegítimos sobre cuanto contienen las palabras, son agentes de deformación de su sentido y, por tanto, causa de esterilidad en el diálogo y el entendimiento.

Un integrismo lingüístico sería detestable, y por lo demás imposible, atendiendo a que todos somos usuarios de las palabras en un contexto espaciotemporal evolutivo. El “todos”, sin embargo, no conduce a evitar el indeseable fenómeno de la “Torre de Babel”: el objeto de las palabras es entenderse mutuamente, lo que excluye lógicamente el objeto de confundirse mutuamente; confundir no es derecho ni virtud, es vicio que imposibilita el diálogo, atacando el corazón de la convivencia entre seres humanos. Hemos de recordar que, si renunciamos a alcanzar unidad comunitaria y social por la vía de la razón, sólo nos queda la fuerza, y no queremos eso. Esto explica porqué legitimamos órganos especializados (Academia de la Lengua) reconociendo a ellos autoridad en cómo se escriben o pronuncian las palabras, qué contienen, o las leyes que rigen sus posibles combinaciones en frases.

Antes de continuar daremos una mirada a la palabra “paradigma”. Parecerá obvio ofrecerla como alternativa o sinónimo de ejemplo o modelo, pues en ocasiones se la encontrará sirviendo a tal propósito; entendemos por “ejemplo” la ilustración casuística de un universal, y también entendemos un modelo ético o moral ideal representado en alguien o en un acto de alguien; ambos significados son diferentes. Desgraciadamente no terminan aquí los equívocos. En su uso filosófico, desde la antigua Grecia, aparece como alternativa a idea o como conjunto de ideas, y también como causa (esencial /metafísica), marco o grupo teórico (existencial /fenomenológico), representación mítica de la realidad con validez universal y atemporal, modelo ideal metafísico del ser en cuanto es (¡realidad en cuanto tal!). No me extenderé, sobran usos de parentesco más o menos lejano con los ya citados, y más o menos contradictorios entre sí. Si alguien busca darse a entender claramente, no se comprende que elija tan equívoca palabra.

La palabra “paz” es definida en el diccionario RAE con múltiples usos circunstanciales que apuntan a un contenido unívoco, ausencia de guerra o violencia, que en positivo puede expresarse aún más claro: equilibrio y estabilidad entre partes de una unidad. Una definición breve proveniente de la filosofía clásica resume los sentidos posibles de “paz” en la expresión “tranquilidad en el orden”, que para estos efectos, por no ser equívoca o reñirse en parte alguna con las definiciones ofrecidas en múltiples fuentes, aportará luz a la siguiente reflexión.

Notamos que a su definición concurre la palabra “orden”; como muchas otras, entre 1973 y 1990 tuvo la mala fortuna de ser usada para explicar el sentido último del esfuerzo gubernamental. Por cierto, quienes fueron detractores de ese gobierno, alcanzaron niveles superlativos de rechazo visceral a su uso (lo visceral no explica todo el rechazo); se podría alegar, en favor de la palabra “orden” que fue usada de manera incorrecta, pues el contenido que se quería transmitir era “tranquilidad”. Sin embargo, ese gobierno declaró intención de corregir la grave crisis política que sumió al país en la intranquilidad y el desorden, definida con la palabra “caos” y, por lo tanto, define como objetivo propio alcanzar orden además de tranquilidad.

La cuestión del orden, en ese periodo histórico, tiene dos perspectivas que requieren analizarse por separado.

En la primera, hay pendiente un reconocimiento histórico: en los periodos anteriores el desorden estructural alcanzó límites insoportables, imposibilitando cualquier diálogo fecundo. Incapaces de entenderse por la vía de la razón, las corrientes políticas recurrieron a la fuerza y, algunos a la proposición ideológica de la fuerza como llave maestra de cambio social. Así, el diálogo no sólo se rindió a las pasiones desatadas, más aún, fue explícitamente despreciado y sistemáticamente anulado con técnicas eficientes porque, racionalmente, se había elegido a la violencia como medio para conseguir poder; entonces la violencia, en esa época, fue provocada e intencional, no un síntoma casual (acción-reacción) de la crisis. Para la sociedad entera había fracasado la vía de la razón y, con ello, la institucionalidad que se sostiene de ella. En síntesis, el orden vigente hasta entonces estaba caducado. Ni la negación neurótica u oportunista de tal desorden, ni evitar responsabilidades intencionales, pueden obscurecer a la historia el rol funesto que asumieron líderes de izquierdas y derechas (en especial socialistas, comunistas y otros revolucionarios) en el daño institucional deliberado.

En la segunda, sin embargo, es reprobable que a la violencia ideológica se haya opuesto otra de la misma cepa en la “ideología de la seguridad nacional”; si llegó a requerirse fuerza para impedir la acción de quienes anularon el ejercicio de la razón en nuestra convivencia política, no puede tal fuerza idealizar la violencia como único medio de asegurar paz (contradicción insalvable), ni elevarla a virtud; quienes idealicen la violencia obligan a todos quienes habitan este territorio a vivir en ella renunciando a la razón. Por otro lado, es discutible el camino institucional que se inicia con la disolución de nuestro parlamento, y la derogación de nuestra constitución política para ser reemplazada por una mediocre, incompleta y profundamente equivocada en lo conceptual, que finalmente entrega sin cuidado ni resguardo el país a las mismas fuerzas que destruyeron anteriormente la institucionalidad. Tales actos no pueden definirse con la palabra “orden”, pues no fueron ordenados al fin propuesto.

Celebrar el modelo económico tampoco es tan fácil, pues si su ingeniería y arquitectura se consideran geniales, aunque para mi gusto excesivamente obsecuentes a las frivolidades financieras globales, su vulnerabilidad a la rapacidad nos hace dudar de su realismo. ¿Cómo fue posible que se autorizara gradualmente a la banca, por ley, a participar de negocios donde ostentan la no despreciable cifra de medio centenar de conflictos graves de intereses? Ignorancia, vulnerabilidad, ingenuidad y candidez, prevaricación, tal vez de todo un poco, pero de cualquier manera todo mal, fuera de orden. Todos hablan de inequidad y equidad (justicia aplicada), de desigualdad e igualdad, pero al parecer las palabras no han sido extraídas de un horizonte deontológico, como era esperable, sino de cuentas alegres sobre “lo que me tocaría si grito”. Nadie puede esperar un orden económico razonablemente coherente en un país donde la ética es demodé, y nadie podría negar que el problema de fondo es de orden ético.

Desde 1990 pasos decisivos reforzaron la hegemonía de los partidos políticos en la generación de candidatos y en la ocupación de cargos públicos, quedando la gran mayoría de habitantes sujeta a los criterios dictatoriales de un insignificante grupo de afiliados a éstos. Ostentan cifras de votos como “duros” o propios, pero no son creíbles porque el votante no tiene otras alternativas. Las formas de interacción entre partidos y coaliciones no gozan de prestigio por la bajeza humana, el egoísmo y la tragedia de la corrupción, calificada alguna vez como “politiquería”, que se enseñoreó de ellos. Las decisiones en general son de mala calidad. Se dilapidan recursos, se dejan pasar estupideces, latrocinios y prevaricaciones… en fin, esto es grave.

Hemos gozado de tranquilidad sólo gracias a la paz en nuestras fronteras y a una situación económica razonablemente soportable, pero no será así el día que falte el alimento. El desprestigio personal e institucional amarrará las manos de quienes son responsables de asegurar la tranquilidad y el orden, no podrán aplicar leyes vigentes con la fuerza que su mandato les obliga. Redacté esto último en futuro pero, en ciernes, define el presente, advirtiendo que puede ser mucho peor. La actual situación, entonces, es profundamente desordenada, en tanto la institucionalidad que “contratamos” y financiamos no está del todo ordenada al bien común porque, por así decirlo, ha sido reorientada al servicio de pequeños grupos que la controlan, y divorciada de los ciudadanos.

Los actos de reparación esperados de lo que comúnmente se llama “nuestra clase política” parecen salidos del teatro del absurdo: cero conexión entre diagnóstico y terapia, cero empatía teórica y práctica con sus mandantes, cero voluntad de inyectar cambios importantes conductuales, cero respeto a la honra mutua y la de quienes puedan ensombrecer las ambiciones personales y grupales… ¡y reformar el binominal! (oh obsesiones vanas). Parecen sombras nocturnas sobre aguas agitadas -lo contrario que se espera de líderes éticos y responsables a la altura de sus mandatos-, en síntesis, fuera de orden.

La fisura institucional está siendo aprovechada por quienes se arrogaron a sí mismos el derecho a juzgar y condenar; no tienen contraparte, las “autoridades” los celebran por temor a perder el voto, y porque los intelectuales, con palabrería inútil, están dispuestos a destrozar a quienes osen proponer algo diferente de la teoría del caos. Claro, quien piense en alguna noción de orden, por fuerza debe ser escolástico, pechoño, medioeval y gagá; cuando por gala de modernidad se apoyan en Kant o Heidegger para sostener que la “noción” de orden es una construcción de la razón humana, se detiene el universo atónito, no sólo por la petulancia del neo demiurgo que espeta algo semejante, ¡sino porque no encontrarán en Kant ni Heidegger semejante camelo ni en estado larvario! Quien haya leído -atentamente desde luego- “Lógica”, “Crítica de la Razón Pura”, “Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres” o “Teoría y Praxis” (Kant), o el célebre aunque empalagoso “Sein und Zeit” (Heidegger), querrá exigir muchas explicaciones a la intelectualidad contemporánea.

“El orden sirve a ricos y poderosos” y, por lo tanto, orden es sinónimo de desorden; ¿nadie se ha percatado de esta falacia? Si esta “inteligentsia” omite filósofos recientes como Maritain, Bergson, Mounier, Kierkegaard, Guardini, casi por diversión los menciono, a ver si alguien logra ver el obscuro truco. El discurso intelectualoide actual es bastardo, de muy baja calidad, hecho a medida para parecer inteligente y confundir al punto que verdad es sinónimo de mentira (puesto que “no existe”) y que nadie debe responder ante otros por los propios actos, excepto los que se oponen a tan generosa concesión.

En las calles hay porcentualmente muy poca gente extorsionando, vociferando, destruyendo, exigiendo, emplazando, faltando el respeto e insultando; nuestros líderes los erigen en modelos sociales esenciales para la “deseada” labor de “deconstrucción” institucional y social. Mientras, una gran mayoría intenta trabajar para sobrevivir y cumplir los compromisos que le exige esta moledora de carne en que se ha transformado nuestro país porque, entre otras cosas, hay que pagar la cuenta de los destrozos y la generosidad (con bienes comunes) que se ofrece graciosamente a quienes tienen pataleta. ¡Oh admirable paradoja!, hoy está de moda el caos, repugna el orden, y la tranquilidad se le compra al extorsionista con hacienda pública.

¿Qué poder tiene el hombre de trabajo, el honesto, esa mayoría? Ninguno, porque calla, porque sabe que las palabras están siendo usadas por la iniquidad para torcerlo todo en contra de quien levante cabeza, y porque no ejerce violencia, no la quiere para sus hijos ni para su país; sólo sigue trabajando y amasa esperanzas a veces representadas en drogas sociales: football, juegos de azar… Es más fácil gobernar enajenados, pero es un acto execrable, fuera de todo orden, enajenar a otros para facilitar la iniquidad.

La prédica sobre justicia social se ha reducido a desigualdad e inequidad, es decir, a protestar por diferencias escandalosas entre ingresos. Se ha omitido recordar de qué forma esas diferencias han sido provocadas por la obsecuencia de legisladores y poder ejecutivo a las iniciativas de grandes corporaciones y organizaciones mundiales, con cargo a nuestro aparato productivo. En el auge de la construcción también deben verse capitales migrados desde sectores otrora rentables y tierras ayer productivas, para intentar salvar el trabajo de una vida. Producción y comercio están siendo liquidados a manos de grandes ballenas que comen pobres. Por dignidad humana entendemos que ningún hombre debería ser asistido por el Estado si la economía estuviera sana y las oportunidades de emprendimiento o empleo digno financiaran una familia, desde el nacimiento hasta la muerte de sus miembros, incluyendo educación y salud; ¡es indigno recibir caridad de quienes impiden el propio auto sustento!

No es desordenada la formación del capital propio. Lo desordenado es favorecer a los más grandes dejando hacer o colaborando con ellos en la formación de grandes monopolios nacionales y mundiales que hunden el emprendimiento emergente. Ha sido brutalmente desordenado dejar hacer a quienes usan la tríada “Publicidad – Crédito – Obsolescencia Programada” para abastecer de bienes suntuarios a personas de escasos recursos, impidiéndoles la formación del capital propio porque sólo alcanza para servir deuda inútil (y onerosa a niveles usureros), esclavizándolos en síntesis. Un país pobre como el nuestro no debió dedicar sus esfuerzos a vivir como rico; debió fortalecer y educar en la formación del capital propio (educación) y en sus cuidados con virtudes como la austeridad y el ahorro. Jamás, en cualquier caso, debió entregarse el ahorro obligatorio a la administración de cuervos que ostentan rentabilidades extraordinarias obtenidas con la inmoral ordeña de fondos que pertenecen a todos los trabajadores de Chile. He aquí un gravísimo desorden, autorizado desde 1990 ¡por ley!

El pensamiento contemporáneo no descansa en afirmar diferencias que exigen subordinación, ora resucitando antiguas querellas, ora creando nuevas oposiciones contradictorias entre seres humanos: etnias vernáculas v/s occidentales, niños v/s adultos, mujer v/s hombre, pieles de colores v/s piel blanca, ricos v/s pobres, gays v/s heterosexuales, políticos v/s gobernados, musulmanes v/s occidente, y un largo etcétera. Nunca la reflexión hizo el paso necesario y obligado de superponer la condición humana a cualquier otra característica subordinada en el orden lógico, al contrario, se afirmó en características accidentales para refundar el más transversal y radical de los racismos y clasismos que la historia recuerde, aunque –debemos decirlo- el más cobarde, pues se viste de discriminación positiva o de no discriminación. La actual defensa institucional de los derechos humanos en nuestro país exhibe un vergonzoso sesgo protegiendo a sectores afines políticamente, y haciendo vista gorda de, o violando flagrantemente, derechos humanos básicos de supuestos opositores.

Debemos considerar como causa del grave desorden político y social, al desorden lógico elemental. Los párrafos anteriores apuntaron a graficar las cuestiones de paz y orden. Más allá de la estupidez humana, no muy evitable por desgracia, vemos en el desorden una curiosa constante: oposición contradictoria dogmática de intereses personales y de grupos de interés a los comunitarios. Esta contradicción, sin embargo, es falaz, sólo se construye un país si todos construyen sinérgicamente desde su estado de vida. El gran error conceptual ha sido oponer fuerzas obligándolas a anular su potencial creador en la lucha constante. Es así, por ejemplo, con las alianzas políticas, ¡he aquí el más nefasto error de la Constitución Política de 1980!, y el más curioso, antimarxistas resultaron imponiendo dialéctica hegeliano-marxista aplicada al derecho público. ¿Qué hay de la sinergía? Este país se destruye por estructuras que lo obligan a avanzar entre pugnas bajas y ruines; los políticos son sólo títeres de estas fuerzas caóticas sostenidas por falaces teorías del conflicto, y el triste destino de su rol es impedir estructuralmente la tranquilidad, el orden y, en consecuencia, la paz.

¡Pongamos orden!, es decir, sentémonos todos a una sola mesa, la del bien común, dejemos atrás la palabrería inútil y las teorías que nos imponen perversamente un constante estado de crisis y pugna intestina. Sentémonos a resolver nuestros problemas, fundados en la verdad evidente a todos, con sólo una herramienta: la unidad sinérgica, sin excepciones irritantes ni megalomanías sicóticas, en torno a un solo proyecto, nuestro futuro para todos sin excepción. Si para ello debemos cambiar líderes, Constitución Política, jueces, druidas, “intelectuales” y vacas sagradas, sólo hagámoslo construyendo cimientos de una paz duradera.

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