anteriores al 2016

¿El Fin del Mundo?

Además del milenarismo, engendro de parentesco cristiano, muchas culturas auguraron puntos de quiebre históricos con carácter apocalíptico. El favor de uno o varios dioses caduca, según agoreros –intérpretes de escritos revelados, iluminados o lectores de los astros-, el planeta caduca, tiempo y espacio caducan dramáticamente. El procedimiento remata en un juicio final.

El arreligioso puede creer fácilmente teorías apocalípticas si le ofrecen argumentos cósmicos de peso aparente: asteroide nos impacta, extinción del sol, colapso o desequilibrio en la tierra que imposibilite la vida. Nada de esto requiere la voluntad destructora de un dios para suceder, y el efecto es el mismo: el fin. Hoy se habla mucho del final. Las turbias aguas de la profecía reúnen a mayas, Nostradamus y al mismo Juan Evangelista; en las inciertas tierras de la ciencia peregrinan agoreros anunciando guerra o desastre nuclear, epidemia, meteorito, colapso climático-ambiental, destrucción del planeta tierra, o ¡un encuentro con extraterrestres! Entre mitos e incertidumbres, el guiso sugiere la cercanía del fin.

Intentar interpretar sagradas escrituras y símbolos de cualquier religión o cultura para establecer la fecha del apocalipsis es un ejercicio conocido. “Nadie sabe el día ni la hora” es un límite insalvable para quien diga creer en la 2ª venida de Cristo, el apocalipsis y el juicio final bíblico: sólo Dios sabe (dato revelado); ningún oráculo, según esta fe, puede traspasar la barrera del misterio que envuelve a la historia humana. La simple lógica, en esto, coincide con tal fe: ¿de dónde tanta certeza?

¡Cada uno puede creer lo que quiera!, es indudable. Sin embargo, creer en el milenarismo tuvo consecuencias: suicidios colectivos, matanzas, desorden. ¿Porqué derramar sangre humana? ¿Se sintió alguien llamado a juzgar, condenar y pasar por la espada a quienes considera inicuos? Pues sí, desgraciadamente (hoy hemos avanzado en la misma vía, ya se juzga y condena sin pudor, vergüenza ni derecho); ¿cuánto falta para que la demencia colectiva desenvaine nuevamente la espada con el pretexto del fin anunciado?

Entonces, a la comunidad humana y a la sociedad formal no le es indiferente qué cree cada uno de sus miembros; todo lo contrario, le es fundamental.

“El fin” no se entiende de la misma manera para unos y otros.

Hay quienes sostienen que el género humano es un virus… porque se comporta como tal; ocurrirá, entonces, que la sabia naturaleza lo eliminará para sanarse. ¿Qué actos se esperan de quien crea en esto?, todos los que provengan de tan profundo auto desprecio, incluyendo “ayudar” a la naturaleza: reducción o eliminación programada (voluntaria o forzada) de grandes masas humanas. Hemos de recordar que la alegría por la muerte masiva de otros ya es considerada algo horrible; pues bien, hay quienes anuncian con alivio la desaparición del humano.

Hay quienes no ven sentido trascendente a la existencia humana, y a la vida misma. El fin próximo, por cualquier causa anunciada, los exime de tomar decisiones de mediano y largo plazo, de orientarse éticamente al bien común, de actos constructivos o de alguna forma de altruismo. Si el fin está próximo, actuarán en lo inmediato gozando cuanto puedan, a cualquier costo personal y comunitario.

Hay creyentes en algún dios que culpan al humano de los desastres naturales: ese dios arrasa con todo para castigar el pecado. Con buena fe, en estos tiempos, algunos reparten libritos gratuitos puerta a puerta para llamar a la conversión y el arrepentimiento. No siempre fue así, alguna vez teorías semejantes se tradujeron en sacrificios humanos o matanzas de supuestos pecadores para calmar la ira de un dios. El odio ateo o agnóstico al creyente por semejantes fanatismos sangrientos también ha desatado baños de sangre.

Tras toda sangre derramada hubo seres humanos sedientos de muerte que se vistieron de argumentos. Sería irresponsable establecer un prejuicio pacifista en favor de la humanidad entera. Nos debemos la prudencia de considerar en cualquier teoría el potencial fundamento y argumento en favor de actos contrarios a la vida del individuo, de la comunidad y de la sociedad.

El actual escenario es complejo. Es tanta y tan detallada la difusión de amenazas “potenciales” a la vida humana, de tal manera financiada e insistente, que sobrecoge: calentamiento global, guerra mundial, el mundo sin humanos, sociedades post destrucción del planeta, ataque masivo extraterrestre, profecías que dan fecha para fin del presente año, petróleo hasta el 2050 o menos, epidemias y guerras, desertificación… Son todas novelas, hipótesis, no importa con cuánto realismo sean vestidas por el cine, el periodismo o la pseudo academia, apuntan al fin inexorable e inevitable.

La consecuencia inmediata es una suerte de paralización del proyecto de vida personal y comunitario: ¿para qué, si queda menos de un año…? ¡Para qué reproducirse! Muchas personas encienden su televisión, ven un reportaje y luego dicen: “se acaba el agua”, “se acaba el mundo”, “hay conspiración contra nosotros”, “los mayas sabían más que nosotros”; ¡dan por hecho que lo esencial del mensaje recibido es verdadero!, sin espíritu crítico, sin interés alguno por revisar esos contenidos. A llamarle pereza intelectual, ignorancia, a llamarle como sea, agregando que uno de los temas “de moda” es registrar y comparar qué tan bien se están preparando algunos para este fin de mundo: acopio de alimento y armas, cambio de domicilio a zonas supuestamente más seguras… ¡Las personas están tomando decisiones, dando por hecho el fin!

Cuánta irresponsabilidad por parte de medios masivos y público, cuánto espíritu de rebaño. No se puede fundar una sociedad sobre la irresponsabilidad, el abandono del actual proyecto y la reducción radical a núcleo familiar “bunker”, invulnerable a la agresión de una sociedad finita, con sus días contados. Ya no es sólo el egoísmo individualista quien conspira contra la unidad comunitaria y social, ahora además se da por hecho que es el fin y se estimula la conducta de ratas que abandonan el barco. ¡Pero las ratas no pueden reparar un barco, construir unidades de carenado! Nosotros sí.

Nosotros no estamos determinados por la voz de agoreros fatalistas, ni por los sueños febriles de algún iluminado, ni mucho menos por la magia embrutecedora del televisor; nosotros somos aún amos de nuestro destino, somos constructores de él como individuos en comunidad. Es reprobable estimular el repliegue al bunker donde se salva el propio pellejo, abandonando al resto de la comunidad contemporánea; lo esperable, correcto y ético, de todos los individuos que componen la comunidad humana, es el trabajo conjunto para enderezar lo torcido hasta estabilizar la sustentabilidad humana en su actual medio ambiente.

Más reprobable aún es asumir alegremente la muerte inexorable de grandes masas humanas, auto declarándose dignos de sobrevivir para fundar la nueva sociedad. En el acto de desechar a otros o exprimirlos para asegurar la propia subsistencia ante una potencial crisis, se está mostrando la más perversa y vil de las conductas, la más inhumana de hecho; nadie puede esperar una sociedad sana fundada sobre tal brutalidad y criminalidad, ni siquiera escudándose en el añejo argumento de la “selección natural”, pues ésta supone ausencia de razón y, por tanto, no se nos aplica.

Algunos quieren ver conspiración en la cuestión medioambiental, financiera, bélica… Sí, puede ser, las teorías de conspiración también son moda, cualquier patán se aleja dos segundos de su televisor a pontificar sobre los “illuminati” y su nuevo orden mundial, hasta dando nombres de socios y sicarios, coloreando sus cuadros con pinceladas de Paul Johnson y Dan Brown. No necesitamos “iluminati” para comprender que grandes concentraciones de poder y riqueza, fruto de la nueva moda globalizadora, debían por fuerza (no por razón, pues es mucha fuerza) doblar las rodillas de la humanidad entera. Pero quisimos cantar la canción a todo pulmón porque las pantallas planas bajaban de precio.

Entendemos que una mega corporación se inquiete porque las abejas retozan en flores cuyo royalty les pertenece, pero ¿qué pretende, botar a la basura esa miel, castigar a las abejas o a los apicultores, entrenar panales para que no se acerquen a “su propiedad”? No nos haremos cargo de ponerle proa a la naturaleza de las abejas (sin mayor esperanza de éxito) para proteger corporaciones; es más probable el ejercicio inverso, a todo vapor; es más sensato, posible y lógico, dadas las circunstancias.

Si de conspiración se trata, mejor preguntarse, más allá de bengalas febriles, quien se beneficia con el embrutecimiento de las masas consumidoras, y porqué ellas no reaccionan con espíritu crítico abriendo sus libros de física, sus enciclopedias, sus libros de historia y de filosofía, para sorprenderse del origen de cuánta porquería, mentira y manipulación están consumiendo bajo apariencia de verdad. Mejor preguntarse porqué no se promueve el ahorro energético, el cuidado del agua, la austeridad y la fabricación de bienes “para toda la vida”. Mejor preguntarse porqué tanta cobardía moral de líderes, jueces y policías ante la droga, o ante las conductas anarquistas y destructivas contra los estados de derecho… ¡¿Conspiración?!, no digo que sí, pero mejor averiguarlo.

El primer acto emancipador del hombre contemporáneo es abandonar la ignorancia y la brutalidad, para estudiar e informarse; dejar las drogas, mirar críticamente la televisión y leer periódicos chequeando la lógica y veracidad de la información. El segundo acto emancipador es dejar de comprar por el puro gusto de hacerlo, o por mandato de la moda, para asumir un modelo austero que reduzca su basura y cuide sus recursos hasta reducir sus deudas a cero. Es decir, la emancipación de las grandes masas no requiere fusiles ni espadas, pues basta que éstas abandonen el servilismo y el espíritu de rebaño; todos somos cómplices de este desastre, y todos tenemos en nuestras manos la solución. Las histerias pueriles que buscan culpables deben dejar paso a la acción concreta, madura, que repara y construye.

No nos dirá un visionario lo que ocurrirá este fin de año, lo podemos decir nosotros mismos y por miles de años más, si no se atraviesa un evento de fuerza mayor: somos dueños de nuestro destino, no somos hojas sopladas por el viento de una voluntad arbitraria y, al parecer, sedienta de sangre. Somos cómplices y encubridores de grandes males, y somos quienes tienen en las manos arrepentirse, pedir perdón, reparar los destrozos y construir la propia historia sobre bases más sólidas.

Hemos de recordar, finalmente, que los profetas no decían “esto va a ocurrir”, decían “esto ocurrirá si no cambias de actitud”. El ser humano no puede lavarse las manos, no puede evadir su propia responsabilidad indefinidamente. Si algo grave ocurre, no será por castigo divino ni por reacción de la naturaleza al virus humano; será porque no hicimos lo que debíamos, unidos en comunidad, y porque no castigamos a quienes, por codicia, amenazaron nuestro primer y más vital objetivo comunitario: la subsistencia.

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