anteriores al 2016

En el jardín de niños

Debo confesarlo, soy culpable. A veces, cuando sufro de debilidad, veo las noticias. Si, así como leen. Por desgracia para poder escribir debo estar medianamente actualizado en el acontecer nacional, aunque esa forma de enterarse resulte tan intelectualmente detestable y vomitiva. Es por así decirlo un laxante intelectual, pero quedemos en que a veces es bueno que pase.

Esta última semana nos han dado mucho material, a todos, sobre lo cual reflexionar.

Hemos visto un tremendo terremoto en nuestra clase dirigente. Uno pensaba que tenía un amigo, pero era amigo un poco por conveniencia más que porque en realidad así lo deseaba. Resulta que ese “no tan amigo” conversó con otro que no es amigo del primero, pero tampoco enemigo, y quedó la toletole. Ahora todos están del moño, ofendidos, dando explicaciones que no deben dar, pidiendo disculpas que no vienen al caso y todos mostrándose los dientes, cual leva de perros lujuriosos.

No sé si calificar esta escena de vergonzosa, pero coloquialmente podría decirse que se asemeja a la vecindad del Chavo. Pensaba haber ido perdiendo la capacidad de asombro pero, honestamente, debo agradecerles haberme devuelto algo tan necesario.

Me sorprende muchísimo que, en el entendido que los representantes del pueblo deben trabajar en conjunto para el bien y progreso de la nación que dicen representar, y no para satisfacer sus propias mezquindades o alimentar sus egos. Creo que este tipo de trifulcas de cantina no benefician en nada el digno oficio que dicen oficiar, puesto que se evidencia la poca capacidad de liderazgo que debieran tener.

Señores, conversar no es malo, no es una puñalada por la espalda. Por lo demás, creo que toda conversación que vaya en pos de una mejora de lo que hay, es bienvenida. Da lo mismo quiénes sean los interlocutores. Tal parece que ya la desconexión de la clase política con sus representados es total.

Quizás se preguntarán por qué el título de mi columna. Pues es porque eso precisamente lo que veo de nuestros honorables. Puros resentimientos infantiles, sin fondo, de forma absurda y que en realidad no pasan de una pataleta porque no se les dio lo que deseaban.

Con esa actitud, francamente creo que hay gente que no está a la altura del cargo investido.

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