anteriores al 2016

La Verdadera Basura

Ecología, huella de carbono, medio ambiente, cambio climático y protocolo de Kioto, son expresiones que portan tristes novedades apocalípticas: amenazas a nuestra subsistencia en el futuro inmediato. Expertos y líderes creen dar respuestas coherentes definiendo cuotas de “derecho a contaminar”, transables en el mercado, que permiten a monstruos como EEUU sostener su triste nivel de emisión de basura comprando cuotas de quienes contaminamos menos. Se encarece el combustible fósil, la energía y el uso del agua.

Las personas que no están en el club del gran capital y que viven de su tierra o su trabajo se empobrecen cada vez más porque desde algún misterioso oráculo fariseo les vigilan y evalúan, ponen nota, certifican o rajan, según exigencias y burocracias carísimas e inalcanzables para el hombre común. Al agricultor y campesino –lo hemos dicho- ya no se le permiten gallinas, perros, ovejas, caballos ni vacunos en sus huertos de exportación. El hombre común debe comprar todos sus alimentos en los supermercados.

Hasta hace poco esto era diferente: lana, cuero, carne, granos, solanáceas, se producían en la propia tierra; no se requería movilidad ni dinero para subsistir invierno y verano; entre humo, vinagre, lejía, azúcar y sal, las personas podían conservar sus alimentos; en las casas se guardaba el crin de caballo para hacer colchones (exquisitos) y adobes de óptima calidad que resistían terremotos. En 3 décadas pocos recuerdan esto. Todos los seres humanos ahora son citadinos, pues requieren del gran retail para sostenerse.

Ese retail es la puerta que divide a “gente común” de “gente especial”: simboliza y encarna la boca del gran cetáceo que come pobres empobreciéndolos aún más. El argumento ecológico ha sido una más de las palancas que amarran las manos de la gente común a los intereses de esos pocos “especiales” que controlan monopolios de la subsistencia humana. Al agricultor se le permite producir maíz pero no puede guardar ni un grano de éste, debe venderlo todo al precio que otros le fijan, y luego consume el maíz que produjo comprando en el retail cereal, nachos, maicena…

Esos pocos “especiales” se adueñaron de la energía, el agua, los canales de abastecimiento, la salud, los dineros ahorrados para pensión, ¡todo! En sus directorios y gerencias hay personas capaces de evaluar “en línea” flancos vulnerables de la subsistencia humana, y tomar decisiones contra los intereses de esas grandes mayorías que, con sus pensiones, los abastecieron de capital para formar sus monstruosos monopolios (de paso, ¿qué fue de la ley anti monopolio?) Esos obtienen información por múltiples vías: qué compra cada persona, qué medicamentos requiere, qué posee y cuánto adeuda, por dónde transita su vehículo, qué busca por internet, y hasta su orientación sexual.

¿Qué herramientas han permitido tal desmadre? Tres, a saber: PUBLICIDAD, OBSOLESCENCIA PROGRAMADA, Y CRÉDITO.

Con publicidad masiva se ha corrompido al hombre. Se ha aislado al pensar, al alto arte y a la ética, ridiculizándolos y despreciándolos, apelando a la bajeza humana: ego, vanidad y narcisismo. Los medios masivos concentran sus esfuerzos en embrutecer y confundir el entendimiento. Grandes masas de personas-ovejas sin espíritu crítico, enfermas del mal que se les ha inoculado, siguen a estos lobos con piel de pastores hacia el punto donde el arco iris les reserva un caldero rebosante de vidrios sin valor.

Las personas comunes trabajan muy duro para comprar bienes deliberadamente no perdurables; fabricantes consiguen que esos bienes fallen y mueran porque no proveen repuestos o porque es más caro intervenirlos que renovarlos. Así, el pichón comprará más durante su vida. Esta “obsolescencia programada” es una categoría siniestra, perversa, maquiavélica y demoniaca, que genera basura por toneladas, y consume una energía que está enfermando a nuestro medio ambiente.

No siempre fue así. Algunos dejábamos las botellas de vidrio vacías y lavadas en nuestras puertas, porque el lechero las retiraba y reemplazaba por botellas llenas. Algunos lavamos pañales (que todavía se venden) porque no existían los desechables. Algunos fabricamos y reparamos bienes sosteniendo su vida útil por décadas: radios, ropa, muebles y colchones, electrodomésticos, zapatos, chapas y candados, vehículos. Hoy nos cuesta encontrar quien repare un par de zapatos. Es importante concentrarnos en un punto: lo que fallaba no era considerado basura.

Bien, este consumidor construido por la publicidad, preparado para desear renovarse comprando y comprando, requiere más y más dinero para ello. Las ballenas que comen pobres ya no se conforman con el dinero que hoy ese puede generar, quieren el dinero que generará en el futuro, y en el crédito de consumo hallaron su palanca de esclavitud; nuevamente el tema ético: a ese mortal se le ha ablandado para considerar normal y hasta beneficioso endeudarse, es decir, gastar más de lo que gana. El pobre esclavo de su narcisismo y vanidad, por la vía del crédito, hipoteca su futuro para conseguir saciar su compulsión de cuentas de colores. Ni siquiera sabe que esas ballenas construyeron esas grandes fauces y dentaduras financieras con el dinero de sus fondos de pensiones. Tampoco, desde luego, sabe que paga dos y hasta tres veces el valor de bienes que caducarán antes que termine de pagarse el crédito con el cual fueron comprados.

¡Y a ese consumidor se le culpa por la basura que genera! ¿Porqué los políticos, los jueces, los líderes religiosos y los educadores resultan tan serviles a esta masacre, porqué nadie levanta su voz ni se decide a poner atajo a tanta barbarie? Es simple: también son hijos de su tiempo, infectados del mismo mal que se les inoculó; están involucrados en el proceso; los círculos concéntricos de poder se han aliado y confundido con estas mafias.

Necesitamos telas resistentes, ampolletas que duren 50.000 horas, vehículos y electrodomésticos que resistan 20 o más años de buen servicio, necesitamos rescatar el vidrio… Necesitamos frenar la máquina, arrancar los colmillos de estos devoradores de pobres, relanzar una identidad humana basada en algo más egregio que la vanidad y el narcisismo. Necesitamos hacer quebrar y reventar a los que planificaron esta trituradora demoniaca. Necesitamos, por otro lado, transparentar la información y educar a los pobres esclavos en la libertad financiera y en sus derechos sobre el capital; necesitamos proteger sus fondos de pensiones.

¿Es este pobre esclavo culpable de tanta basura? Pues no, absolutamente, él es sólo oveja. Con decisión debemos, moralmente, llegar a los lobos con piel de pastor; debemos reconocer en ellos a peligrosísimos depredadores de humanos; debemos perseguirlos y erradicarlos; debemos castigar su publicidad, su obsolescencia programada y su maquinaria de endeudamiento como gravísimos delitos. Debemos pasarles la cuenta de la basura.

Algunos defensores de la obsolescencia programada dicen que ella es el motor de la economía, y que genera más empleos y bienes; es campaña del terror, debe entenderse como: sin obsolescencia programada habrá quiebras, cesantía, hambre… ¿Puede haber algo más terrorífico que una humanidad embrutecida, reducida a bajas pasiones, empobrecida? ¿Puede haber algo más terrorífico que educación de pésima calidad? ¿Puede haber mayor mal social que una población egoísta, narcisista, vanidosa, empobrecida y endeudada, indiferente al futuro de sus congéneres? ¿Puede haber algo más peligroso que masas humanas a punto de descubrir quiénes y cómo los han arrastrado hasta el precipicio?

Los bueyes delante de la carreta, jamás detrás.

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